Un acercamiento a S. Francisco de Asís

Distintas visiones de S. Francisco de Asís en nuestros días (IIª Parte)

(…)

6. Francisco: una conversión permanente.

Todo creyente, junto a su historia cotidiana, tiene una historia paralela de salvación, como Abraham, la Virgen María… Los acontecimientos históricos en los que se ve envuelto Francisco –sus aventuras caballerescas en busca de la fama, su estrepitoso fracaso, el encuentro con el leproso, la experiencia con el Cristo de S. Damián…- actúan como un revulsivo que remueve todo su ser; pero a la hora de la verdad, todo permanecía en su sitio: la casa paterna, el negocio, el orden social establecido con una fuerte separación entre mayores y menores… Ante este panorama, él se encontraba sin definirse. Hasta ahora su conversión podría tratarse de “pajaritos en la cabeza” de un niño rico que lo tiene todo a su alcance y que ahora se había encaprichado en jugar a ser pobre.

La hora de la verdad sería la ruptura con el mundo de los mayores. La denuncia de su padre al obispo de Asís es la ocasión de manifestar públicamente su deseo. Si contemplamos fríamente la escena, no tendría nada de edificante; no habría muchas risas ni gozos celestiales, sino llanto, escándalo y sufrimiento. Se trata de romper con una cultura heredada y de posesionarse de una manera nueva ante el mundo familiar, los amigos y la sociedad en general.

El nuevo menor voluntario no es aceptado sin más por la nueva familia, porque los menores están cansados de escuchar palabras bonitas y promesas que nunca se cumplen. La extravagancia de Francisco podría ser vista como competencia desleal, de alguien que les quita el pan de la limosna. El paraíso conseguido es tener a Dios en el corazón y como casa el ancho mundo. Él estaba desnudo frente a todos, pero los menores no se “andan con chiquitas” y de ellos recibe una soberana paliza cuando unos ladrones le oyen cantar en francés y autoproclamarse “pregonero del gran Rey”, pues lo primero que dirían es: “¡Dónde vamos a llegar! ¿Cuándo se ha visto un menor tan refinado? ¡No lo reconozco como algo mio!”

Tras la conversión de toda persona hay un nuevo y largo camino; es como un libro en blanco que tiene que ser escrito cada día. La conversión no se queda en la acción concreta de un determinado día. No se trata ahora en cambiar de táctica; si antes miraba a los menores con la superioridad que nos hace sentirnos mayores, ahora consistiría en mirar desde abajo para odiar a los que “visten de tejidos blandos y de color”. Podríamos decir que Francisco encuentra los pilares de su vocación en estos puntos:

  1. Jesucristo como modelo de menores.

La conversión de Francisco es de corazón, ya que queda admirado y sobrecogido al descubrir a Jesucristo como modelo de MENOR, que, siendo rico, se hizo voluntariamente pobre (Mt 18,1-4) Nuestro santo elige su lugar entre los pobres de corazón, porque el Maestro dice que de ellos es el “Reino de los cielos”

  1. La Iglesia como sacramento de comunión y unidad.

Francisco, a pesar del circo mediático que ha podido experimentar en el entorno religioso de su época, ha descubierto a la Iglesia como MADRE que le acoge y es garantía de la UNIDAD. Él, aunque defenderá siempre lo que ha recibido como don de Dios, se someterá al discernimiento de la Iglesia.

  1. La fraternidad como el lugar de los menores.

Francisco cuenta en su testamento como Dios le dio hermanos y cómo él los acoge y ama, aun sabiendo que éstos pueden producir molestias y ser causa de enfrentamiento cuando hacen lo que yo creo que no deben hacer, o se equivocan. Es duro corregir a un hermano cuando sabemos que él también puede sacar a relucir tus trapos sucios y herir tu orgullo. Con frecuencia nos apropiamos tanto del ideal que nos creemos tener la exclusiva; son los demás quienes se equivocan y sobran de la fraternidad. La comunión en el cuerpo de Cristo rompe estos esquemas.

Junto al ideal de los Hechos de los Apóstoles (“todos tenían un solo…”), al que todos tenemos que aspirar, está el modelo de fraternidad que nos presenta Jesucristo en su vida ordinaria con los discípulos. En su comunidad tienen cabida el violento, el que niega conocerle, el incrédulo, el ladrón, los “trepas”, etc.  y Jesús se muestra como HERMANO MENOR que acoge y les lava los pies; reprende y perdona, enseña paciente…

Fray Juan Jesús Linares Fernández. OFMCap.

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