San Fidel de Sigmaringa: 24 de Abril

Nació en Sigmaringa (Suabia, Alemania) el año 1578, en tiempos agitados por la Reforma protestante. Fue un joven de vida intachable, que estudió filosofía y derecho en Friburgo de Brisgovia con excelentes resultados. Ejerció luego la abogacía con tal amor a la justicia y a los más indefensos, que le dieron el sobrenombre de «abogado de los pobres». En 1612 recibió la ordenación sacerdotal y poco después ingresó en los capuchinos. Fue un predicador incansable entre los católicos y los hermanos separados en los diversos cantones de Suiza y Suabia. Por su gran actividad misionera, la Congregación de la Propagación de la Fe, recién creada, le encargó fortalecer la fe católica en Suiza. Los herejes se conjuraron para acabar con su vida y lo asesinaron el 24 de abril de 1622 en Seewis (Suiza), donde lo habían invitado a predicar. Lo canonizó Benedicto XIV en 1746.

Oración: Señor Dios, que te has dignado conceder la palma del martirio a san Fidel de Sigmaringa cuando, abrasado en tu amor, se entregaba a la propagación de la fe, concédenos, te rogamos, que arraigados, como él, en el amor, lleguemos a conocer el poder de la resurrección de Jesucristo. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

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San Conrado de Parzham: 21 de abril

Nació en Parzham (Baviera, Alemania) el año 1818, en el seno de una familia labradora acomodada y piadosa. Fallecidos los padres, su numerosa prole siguió trabajando el campo y llevando una vida intensamente religiosa. Conrado, después de una juventud ejemplar, a los 33 años repartió sus bienes a los pobres y a la parroquia e ingresó en la Orden capuchina, en la que hizo su profesión como hermano lego el año 1852. Luego, durante más de cuarenta años ejerció el oficio de portero en el convento de Altötting (Baviera), célebre santuario mariano, donde murió el 21 de abril de 1894. En su humilde oficio ejerció un gran apostolado, supo armonizar laboriosidad y vida de oración, ayudó, edificó y confortó a cuantos se acercaban a la portería, en los que alimentaba el amor a Dios y la devoción a la Eucaristía y a la Virgen que él les profesaba desde niño.

Oración: Dios de bondad, que abriste las puertas de tu misericordia a los necesitados por medio de san Conrado, te rogamos nos concedas imitarle en el servicio a nuestros hermanos los hombres, y seguir el ejemplo de su sencillez. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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Ante la indiferencia religiosa de los jóvenes

Los obispos, “perplejos” ante la indiferencia religiosa de los jóvenes

El cardenal Blázquez califica la escasez de vocaciones de “penuria seria e indigencia básica”


Los obispos iniciaron en la mañana de este lunes su asamblea de primavera encerrados en sí mismos, sin referencia alguna a las vicisitudes en que está sumida la sociedad española. Es lo que se deduce del discurso inaugural de su presidente, el cardenal arzobispo de Valladolid, Ricardo Blázquez, centrado en los problemas internos, fundamentalmente en la escasez de vocaciones sacerdotales y en el “enfriamiento” de la fe entre los jóvenes. ¿La Iglesia es para ellos indiferente e irrelevante?”, se ha preguntado el líder episcopal. En 2017 se ordenaron 109 sacerdotes en los seminarios españoles, frente a los varios miles que lo hacían hace décadas. Es “el invierno eclesial” al que se refería el cardenal Antonio María Rouco hace un lustro. Blázquez habla ahora de “penuria seria”, incluso de “indigencia básica”. Añade: “Si hace varios decenios la abundancia era extraordinaria, actualmente la escasez es también extraordinaria. Aquella abundancia impulsó a la construcción de muchos seminarios, que poco tiempo más tarde no fueron necesarios”.

Es el tema principal de una semana que los prelados españoles, en activo y eméritos, dedican a analizar sus problemas de apostolado, que su líder califica como “fuente de inquietudes y sufrimiento”. En primer lugar, alude al “ambiente”, que Blázquez califica como “debilidad de fondo”. Frente a la abundancia del pasado, la penuria actual se prolonga más allá de lo que los obispos suponían hace años. La plenaria se produce una semana después de que el Tribunal Constitucional haya avalado la ley educativa del Gobierno de Mariano Rajoy, que facilita a los prelados, con dinero público (en torno a 700 millones cada año), todo tipo de privilegios para enseñar catolicismo en las escuelas, con una asignatura llamada de “Religión y Moral cristiana” que cuenta para la nota media y para obtener becas.

La crisis eclesiástica, muy profunda, se refleja en la propia cúpula eclesiástica. La Iglesia romana tiene en España 10 cardenales, 17 arzobispos, 74 obispos diocesanos y 17 prelados auxiliares, de los que 35 tienen más de 80 años y los que siguen en activo superan una media de edad de 65. “Las consecuencias de esta carestía larga y dura, es decir, el descenso del número de presbíteros y su media de edad cada vez más alta, nos puede acechar la tentación de cubrir la falta de vocaciones con soluciones improvisadas y atajos arriesgados”, advierte Blázquez. Se refiere a la tentación de relajar “el marco de preparación para el ministerio, en ocasiones insatisfactorio”. El número de seminaristas es muy reducido, descendiente cada año, pero también escasean los profesores dedicados a su formación.

La Conferencia Episcopal lleva tiempo intentado descubrir las causas y las circunstancias de la crisis de vocaciones. Los obispos están perplejos, en palabras de Blázquez. “En un tiempo pensamos que la crisis de seminarios podía proceder de la crisis de sacerdotes, ya que nos vimos inmersos en perplejidades sobre el sentido del ministerio que condujeron junto con otras causas a numerosas secularizaciones”. Pendiente de las reflexiones que realicen los obispos esta larga semana de reuniones y debates, hasta concluir el próximo viernes, Blázquez fue muy duro con la tarea episcopal. “Quizá más que crisis de vocaciones podría tratarse de una crisis de convocantes”, sentenció.

La asamblea plenaria elegirá a los prelados que van a participar en el Sínodo de los Obispos sobre los jóvenes convocado por el papa Francisco para el próximo otoño. Blázquez dedicó buena parte de su discurso al tema, interrogándose por los motivos de la indiferencia religiosa entre la juventud. “¿Qué buscan los jóvenes? ¿Por qué, sin motivo personal conocido, se distancian de la participación en la vida de la Iglesia y se colocan silenciosamente como al margen, de ordinario sin agresividad? ¿La Iglesia es para ellos indiferente e irrelevante? ¿Están convencidos de que poco o nada pueden esperar de ella? ¿Son los jóvenes como un sismógrafo que detecta los movimientos subterráneos de la historia?”

Fueron algunas de sus preguntas. El Vaticano tiene en su poder el resumen de las respuestas ofrecidas en una encuesta realizada en el orbe católico, también en España. El documento final, elaborado por 300 jóvenes reunidos en Roma del 19 al 25 de marzo, será una de las bases de debate en la Asamblea del Sínodo de los Obispos de octubre. Por España participaron los jóvenes Javier Medina (Valencia) y Cristina Cons (Santiago de Compostela).

Juan G. Bedoya

Publicado en “El Pais”, 16 de abril de 2018.

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Aprobación de la Primera Regla Franciscana

En 1209, san Francisco hizo escribir la “forma de vida” o regla que el Señor le había inspirado y que se componía sobre todo de breves fragmentos evangélicos. En la primavera de aquel mismo año, el Santo y sus once primeros compañeros se trasladaron a Roma y obtuvieron del papa Inocencio III que se la aprobara verbalmente, con lo que nacía en la Iglesia un nuevo género de vida, una nueva Orden. San Francisco, en su Testamento, relata así el acontecimiento:

«Y después que el Señor me dio hermanos, nadie me ensañaba qué debería hacer, sino que el Altísimo mismo me reveló que debería vivir según la forma del santo Evangelio. Y yo hice que se escribiera en pocas palabras y sencillamente, y el señor Papa me lo confirmó».

Recordando ese hecho trascendental, la familia de san Francisco renueva el 16 de abril su profesión en la vida franciscana.

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Ratzinger y Küng: el dogma y la duda

Uno subraya la divinidad de Jesucristo; el otro, su humanidad. Colegas primero y rivales después, el Papa emérito y el teólogo crítico son la cara y la cruz del catolicismo actual.

Joseph Ratzinger- Benedicto XVI (1927) y Hans Küng (1928) son dos teólogos que fueron colegas en la Universidad de Tubinga, se distanciaron y siguieron caminos diferentes en la Iglesia católica. Ratzinger fue nombrado arzobispo de Múnich y cardenal por Pablo VI en 1977, presidente de la Congregación para la Doctrina de la Fe (CDF) por Juan Pablo II en 1981 y “elegido” papa en 2005. Hans Küng viene cultivando la teología ininterrumpidamente desde hace más de seis décadas, se le prohibió enseñar teología católica por su crítica al dogma de la infalibilidad en 1979 y ha elaborado un nuevo paradigma teológico: la teología de las religiones. Recientemente se han publicado dos libros en los que ambos exponen sus posiciones, con frecuencia en las antípodas: Últimas conversaciones con Peter Seewald, de Benedicto XVI, y Siete papas. Experiencia personal y balance de la época, de Hans Küng.

En el libro de Benedicto XVI, fruto de una conversación con el periodista alemán Peter Seewald, se aprecia cierta complicidad entre el entrevistador y el entrevistado para eximir al Papa emérito de toda responsabilidad en las actuaciones más cuestionadas durante el cuarto de siglo que estuvo al frente de la CDF y los ocho años de pontificado, que contó con dos momentos de gran impacto: la denuncia de la suciedad en la Iglesia en el viacrucis de la Semana Santa de marzo de 2005 y su renuncia, que dio lugar a una nueva primavera en la Iglesia católica con la elección de Francisco.

Ratzinger ofrece una imagen de Jesús fuertemente divinizada, basada en los dogmas y al servicio del actual modelo romano de Iglesia, Küng pone el acento en el Jesús histórico y en el conflicto con las autoridades religiosas de su tiempo, que motivaron su crucifixión

Uno de los temas de mayor interés es el que se refiere a la relación de Benedicto XVI con Juan Pablo II y con los colegas teólogos, y a la valoración de los mismos en función de las afinidades o divergencias ideológicas. Muestra admiración por su predecesor y sintonía con su proyecto eclesial neoconservador, pero se distancia de él por la actitud del Papa polaco favorable al diálogo interreligioso y, de manera especial, con motivo de los encuentros de oración de Asís, al diálogo con líderes de las diferentes tradiciones religiosas. El desacuerdo en este tema se manifestó con la publicación de la declaración Dominus Iesus de la CDF, que implícitamente defendía el axioma excluyente —“Fuera de la Iglesia no hay salvación”— y rompía los puentes de diálogo ecuménico, interreligioso e intercultural.

Benedicto XVI expresa su aprecio intelectual por el teólogo Henri de Lubac y su estrecha vinculación con Urs von Balthasar, de quien se considera “alma gemela”. Tras abandonar la revista Concilium, de tendencia conciliar, creó con ellos la neoconservadora Communio. Además, el Papa emérito recela de su compatriota Karl Rahner, sin duda el teólogo católico más importante del siglo XX, de quien en su biografía, Mi vida, Ratzinger dice, rayando en la injuria, que “se había dejado dominar cada vez más por la conjura de las retóricas progresistas políticas de tipo aventurero”. Con todo, el teólogo que sale peor parado es Hans Küng, quien, siendo decano en la Universidad de Tubinga, propuso a Ratzinger como profesor de Dogmática e Historia de los Dogmas. Benedicto XVI niega que su colega hiciera aportaciones teológicas significativas al Concilio Vaticano II y le acusa de haber dejado de moverse en el marco de la catolicidad.

Meses después de Últimas con­ver­sa­ciones apareció en castellano el libro de Hans Küng Siete papas. Experiencia personal y balance de la época, en el que con gran maestría literaria ofrece sugerentes retratos de los papas que ha conocido: Pío XII, Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo I, Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco, con sus lados oscuros o grises y sus logros. Y lo hace como buen conocedor del catolicismo de ayer y de hoy, actor importante de la reforma conciliar, teólogo crítico del papado y testigo comprometido con su tiempo. Küng expresa su disconformidad con Roma y no cede un ápice en la defensa de la libertad dentro de la Iglesia católica. Sus retratos no son, por tanto, los de un cortesano del Vaticano o un hagiógrafo papal.

Uno de los capítulos del libro está dedicado, precisamente, al pontificado de Benedicto XVI, cuya elección y no pocas de sus actuaciones —como el discurso de Ratisbona contra el islam, el alejamiento del concilio, el nombramiento de obispos hostiles al concilio, su corresponsabilidad en los abusos sexuales…— le produjeron “una inmensa decepción”. Valora positivamente la “inesperada y valiente renuncia del Papa”, si bien le parece inquietante el nombramiento, poco antes de su jubilación, “del reaccionario obispo de Ratisbona y editor del legado teológico Gerhard Ludwig Müller como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe”, para dejarlo todo atado y bien atado en materia de ortodoxia. En los primeros años de pontificado de Francisco, el hoy cardenal Müller fue uno de sus más severos críticos y opuso resistencia a cada una de las reformas que planteaba Bergoglio. Su destitución se la ganó a pulso.

El pontificado de Benedicto XVI contó con dos momentos de gran impacto: la denuncia de la suciedad en la Iglesia en el viacrucis de la Semana Santa de marzo de 2005 y su renuncia

Küng considera “un acontecimiento sensacional” su encuentro con Benedicto XVI  en Castel Gandolfo. Pero constata, a su vez, la profunda diferencia entre sus aproximaciones a la figura de Jesús de Nazaret. Ratzinger ofrece una imagen de Jesús “desde arriba”, fuertemente divinizada, basada en los dogmas cristológicos de los primeros concilios y en la teología de Agustín y Buenaventura, y al servicio, al menos indirectamente, del actual modelo romano de iglesia y del papa como “vicario de Cristo”. Küng pone el acento en el Jesús histórico, en sus actitudes y en el conflicto con las autoridades religiosas y políticas de su tiempo, que motivaron su crucifixión. Para él, la base del cristianismo no está en los dogmas, sino en el mensaje, la práctica y el proyecto de Jesús.

Últimas conversaciones con Peter Seewald. Benedicto XVI. Traducción de José Manuel Lozano-Gotor. Editorial Mensajero. 310 páginas. 19,90 euros.

Siete papas. Experiencia personal y balance de la época. Hans Küng. Traducción de José Manuel Lozano-Gotor y Daniel Romero Álvarez. Ediciones Trotta. 304 páginas. 21 euros.

Juan José Tamayo

31 de Marzo 2018. Publicado en el diario “El Pais”.

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La Anunciación del Señor

Fiesta conjunta de Cristo y de la Virgen: la Encarnación del Hijo del eterno Padre en el seno de la Virgen por obra del Espíritu Santo. El Verbo se hace hijo de María y ésta se convierte en Madre de Dios. San Lucas refiere que el ángel Gabriel, enviado por Dios a la Virgen María, se le presentó en Nazaret y le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Ella se conturbó, pero al ángel añadió: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir y a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús, que será llamado Hijo del Altísimo». María aclaró que no conocía varón, y el ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios». Entonces María dijo: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». San Juan cierra así la escena: «Y la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros».

Oración: Señor, tú has querido que la Palabra se encarnase en el seno de la Virgen María; concédenos, en tu bondad, que cuantos confesamos a nuestro Redentor, como Dios y como hombre verdadero, lleguemos a hacernos semejantes a él en su naturaleza divina. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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Festividad del Beato Diego José de Cádiz

Nació en Cádiz (España) el 30 de marzo de 1743. De joven entró en la Orden Capuchina y, terminados los estudios, recibió la ordenación sacerdotal en 1766. El decenio siguiente lo dedicó a la predicación por toda Andalucía, y luego extendió su campo de apostolado a toda España y Portugal. Fue un predicador asombroso, incansable misionero popular, que reunía a multitudes de toda clase y condición para escucharle. Sus dotes oratorias iban acompañadas de singulares gracias del cielo, y su lenguaje era llano y directo. Combatió los peligros que traía consigo la “Ilustración”, lo que le ocasionó enemistades y persecución. Fue hombre de oración y penitente, muy devoto de la Virgen, la “Divina Pastora”. Se le consideraba apóstol de la misericordia. Escribió numerosas obras. Murió en Ronda (Málaga) el 24 de marzo de 1801.

Oración: Oh Dios, que has concedido al beato Diego José la sabiduría de los santos, y le has encomendado la salvación de su pueblo; concédenos, por su intercesión, discernir lo que es bueno y justo, y anunciar a todos los hombres la riqueza insondable que es Cristo. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

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El Municipio de Olopa (Chiquimula.- Guatemala) y los Capuchinos españoles

Imagen de la Madre del Buen Pastor, venerada en la actualidad.

En estos dias, el bello pueblo de Olopa (Chiquimula.- Guatemala) está celebrando la fiesta de la Divina Pastora y al mismo tiempo, desde el pasado viernes, disfruta de su feria y fiestas patronales. Aunque la mayoría de nuestros lectores desconocen el porqué de la devoción a la Madre del Buen Pastor y los motivos por lo que es tan importante en la corta historia del municipio de Olopa.

Corría el año 1862. Nuestros Hermanos Capuchinos, residentes en la Iglesia del Calvario, Chiquimula, fueron invitados a misionar en el valle de Olopa. Dicha misión le fue encomendada a dos hermanos de dicha comunidad: el Padre Esteban de Adoáin y el Padre Bernardino de Igualada. Fueron tantísimas las personas que acudieron a escuchar a los misioneros que el Padre Esteban, emocionado, invitó a los vecinos a edificar una sencilla ermita, dedicada a la Madre del Buen Pastor. Fue el mismo misionero el que se encargó de conseguir la primera imagen que sería venerada en el sencillo santuario, edificado por los buenos cristianos.

Fotografía del Padre Esteban de Adoaín, colocada en el lateral derecho del altar mayor.

Muy pronto aumentaron las peregrinaciones para venerar a la Madre del Buen Pastor. Se multiplicaron la construcción de casas, tiendas, mercados de animales y de productos de la zona: café, cereales, bananos… y la población de la hasta ahora aldea de Olopa, dependiente del municipio de Chiquimula, en el año 1970, ante el asombroso aumento de la población, fue declarado municipio con plena autonomía.
Gracias a la misión de los dos frailes capuchinos, y ante la brillante idea del Padre Esteban de obsequiarles con una imagen de la Divina Pastora, nació este bello municipio que hoy sigue bajo la protección de la imagen de la Madre el Buen Pastor.

Para mí fue muy emotivo y de gratos recuerdos el homenaje que me ofreció la Municipalidad de Olopa, como agradecimiento al apoyo social que desde Paz y Bien ofrecemos a los habitantes más necesitados.

 

 

 

 

 

Imágenes del emotivo homenaje celebrado el pasado viernes. Como fraile capuchino que soy, en todo momento pensé en mis hermanos del pasado, y por supuesto en los que en la actualidad trabajan por llevar el mensaje de salvación a los hombres de buena voluntad.

 

 

 

 

Fr. Rafael Pozo Bascón.

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José Estepa Barrera, descanse en paz.

Os comunico la triste noticia del fallecimiento de nuestro compañero y amigo JOSÉ ESTEPA BARRERA (José Antonio de Alcolea), que residió en nuestro Seminario de Antequera entre los años 1955 y 1957. Su entierro se ofició el pasado 19 de Febrero, a las cinco de la tarde, en Alcolea del Rio (Sevilla).

Nuestras más sentidas condolencias a su familia.

Descanse en Paz.

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Monstruos, santos e intrigas: la fascinante historia de los Papas.

El historiador John Julius Norwich publica una entretenida y rigurosa historia del pontificado romano.

El historiador John Julius Norwich.

 

Leído en frío, escandalizaría cualquier historia del Papado romano que afirmase que “el Vaticano es un lugar idóneo para cometer un crimen”. Lo hace el historiador John Julios Norwich en el libro “Los Papas. Una historia”, que edita Reino de Redonda con un delicioso (y largo) prólogo de Antony Beevor. Norwich argumenta y lo documenta mucho antes de llegar al capítulo dedicado a Juan Pablo I, que reinó allí apenas treinta días, en el verano de 1978.

¿Murió asesinado mientras dormía? Según Norwich, “es el mayor misterio papal de los tiempos modernos”. Juan Pablo I detestaba la pomposidad y estaba empeñado en devolver la Iglesia a sus orígenes, a la humildad y la simplicidad, la honestidad y la pobreza de Jesucristo. Su rechazo a ser coronado con toda la parafernalia habitual había horrorizado a los tradicionalistas. Si llega a vivir muchos años, sin duda habría realizado la revolución que no pudo llevar a cabo Juan XXIII con el Concilio Vaticano II. La Curia estaba a todas luces asustada.

“Al iniciar mis investigaciones me pareció que lo más probable es que había muerto asesinado; ahora ya no estoy tan seguro”, afirma el prestigioso historiador británico. Subraya que Juan Pablo, que murió mientras dormía a los 67 años, gozaba de una salud excelente, certificada unas semanas antes, y que no se hizo ningún examen post morten o una autopsia. “El Vaticano es un Estado independiente”, sin un cuerpo de policía propio; la policía italiana solo puede entrar si es invitada a hacerlo, pero no lo fue”, advierte.

Del Sumo Pontífice de la Iglesia católica se dice que es Vicario de Cristo, Sucesor de Pedro y Santo Padre, todo en mayúscula. También recibe tratamiento de Su Santidad y es Jefe de Estado de una llamada Santa Sede. El inquisidor Roberto Belarmino (1542-1621), el primer cardenal jesuita y verdugo de Giordano Bruno y de Galileo, en su famoso catecismo contestaba la pregunta “¿Quién es cristiano?” de este modo: “Es cristiano el que obedece al Papa”. Un Dios, un Cristo, un Pontífice investido por el extravagante dogma de la infalibilidad.

Cabría suponer que semejante papolatría habría elevado a los altares, proclamados santos, a todos los papas de la historia. Nada más lejos de la realidad. Solo 56 han sido canonizados por sus sucesores, la inmensa mayoría como mártires durante alguna de las persecuciones que los cristianos sufrieron en los primeros siglos. Más tarde, la santidad oficial de ‘Sus Santidades’ brilló por la ausencia. Por ejemplo, entre san Pío V, papa de 1566 a 1572, y san Pío X, que lo fue entre 1903 a 1914, hubo 342 años de sequía. En cambio, este siglo XXI empieza con dos papas santos y varios en camino. Son san Juan Pablo II y san Juan XXIII, canonizados por Francisco la primavera de 2014. Al primero, que suprimió la figura del Abogado del Diablo para facilitar los procesos, lo hizo beato su íntimo amigo y sucesor Benedicto XVI.

“Si prosigue la moda actual de canonizar a todos los papas, la santidad, por principio, se convertirá en una burla”, sentencia Norwich. Historiador de raza a la mejor manera de los de Oxford, este segundo vizconde de Norwich (nacido el 15 de septiembre de 1929), escribió antes, entre sus muchos libros, las historias de Venecia y del Imperio bizantino, y conoció personalmente a varios papas del siglo pasado. Esta vez podía haber escrito, reconoce, “unas memorias”, tal ha sido el conocimiento directo del papado en el último siglo. Lo que publica, en cambio, es una gran saga, muchas veces divertida, vista desde fuera, en el mejor estilo irónico del gran Edward Gibbon en sus relatos escabrosos sobre la decadencia del Imperio romano.

Norwich subraya la historia de papas de enorme talla, como los únicos dos reconocidos como Magnos: León I el Magno, que libró a Roma del asalto de Atila; o de Gregorio Magno, el que más hizo por consolidar el poder temporal del pontificado, al que accedió después de haber sido gobernador civil de Roma. Pero también se detiene en pontífices de presidio: papas que abusaban de las doncellas de palacio, papas con hijos de varias mujeres, papas criminales. Pese a que no descubre nada que no se supiera, su historia resulta un delicioso, irónico y a veces divertido bocado sobre “la imponente, asombrosa y tantas veces escabrosa, terrible, escandalosa y hasta criminal monarquía absoluta más antigua del mundo”. No exagera con estos calificativos (usa otros aún más rotundos), ni para alabar a tantos papas buenos, ni para execrar a tantos papas malos.

Los Papas. Una historia contiene un capítulo titulado Los monstruos. “A pesar de todo, la Iglesia Católica romana florece como quizás nunca antes lo había hecho. Si San Pedro pudiera verla ahora, seguramente estaría orgulloso”, resume, asombrado por cómo el mensaje del judío Jesús, el fundador cristiano, que entró en Jerusalén a lomos de un borrico y fue crucificado junto a dos ladrones, ha podido sobrevivir a una historia tantas veces extravagante, y que sea venerado y conocido en todo el mundo. Más imponente resulta que gran parte de la Humanidad cuente los años y los siglos, y desarrolle los calendarios, a partir de la fecha del nacimiento del revoltoso nazareno, pese a que ni se conoce esa fecha exacta (pero sí que no fue la que se ha dicho), ni siquiera el lugar de su nacimiento.

Los Papas no eran nadie durante siglos. Ni siquiera se llamaban así hasta que el obispo Siricio asumió ese nombre como título de honor, a finales del siglo IV. En realidad, Papa, derivado del griego, significaba entonces bien poca cosa: “Pequeño padre”. Hasta Siricio, que reinó en Roma entre 384 y 399, se llamaba ‘pequeños padres’ a los miembros de edad de las comunidades cristianas, perseguidas o desprestigiadas hasta que el emperador Constantino proclamó el año 313 que el cristianismo era la religión oficial del Imperio romano. Sesenta años más tarde, Teodosio prohibía al resto de los cultos. “Una Iglesia perseguida se había convertido en una Iglesia perseguidora”, concluye John Julius Norwich.

Pomposidad perdida

Monarcas autocráticos, los Papas practicaron hasta muy recientemente la doctrina de Gregorio VII en Dictatus Papae, de 1075: solo el romano pontífice puede usar insignias imperiales, “únicamente del Papa besan los pies todos los príncipes”, solo a él le compete deponer emperadores, sus sentencias no deben ser reformadas por nadie mientras él puede reformar las de todos.

El último en creérselo fue el aristocrático Pío XII, pontífice entre 1939 y 1958. Los funcionarios debían arrodillarse cuando el Papa empezaba a hablar, dirigirse hacia él arrodillados y salir de la habitación caminando hacia atrás. El pontificado llevaba medio siglo sin poder temporal, al menos teórico, como supuso Stalin cuando en la Conferencia de Yalta, en 1945 se sorprende cuando Winston Churchill le sugiere la posible participación del Papa en las conversaciones de paz. “¿Cuántas divisiones tiene ese papa?”, zanjó el dictador soviético. Pero ningún monarca estaba rodeado de tanto ceremonial.

Norwich ilustra cómo esa pomposidad desmesurada ha llegado hasta nuestros tiempos. Por ejemplo, sobre León XIII, papa entre 1878 a 1903, cuenta que todos sus visitantes debían permanecer arrodillados durante toda la audiencia y que los miembros de su séquito estaban obligados a estar de pie en su presencia. “Se dice que durante los veinticinco años de su Pontificado ni una sola vez le dirigió la palabra a su chófer”.

Juan G. BEDOYA

Publicado en el Diario “El Pais”. Madrid, 13 de Febr 2018.

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