Monstruos, santos e intrigas: la fascinante historia de los Papas.

El historiador John Julius Norwich publica una entretenida y rigurosa historia del pontificado romano.

El historiador John Julius Norwich.

 

Leído en frío, escandalizaría cualquier historia del Papado romano que afirmase que “el Vaticano es un lugar idóneo para cometer un crimen”. Lo hace el historiador John Julios Norwich en el libro “Los Papas. Una historia”, que edita Reino de Redonda con un delicioso (y largo) prólogo de Antony Beevor. Norwich argumenta y lo documenta mucho antes de llegar al capítulo dedicado a Juan Pablo I, que reinó allí apenas treinta días, en el verano de 1978.

¿Murió asesinado mientras dormía? Según Norwich, “es el mayor misterio papal de los tiempos modernos”. Juan Pablo I detestaba la pomposidad y estaba empeñado en devolver la Iglesia a sus orígenes, a la humildad y la simplicidad, la honestidad y la pobreza de Jesucristo. Su rechazo a ser coronado con toda la parafernalia habitual había horrorizado a los tradicionalistas. Si llega a vivir muchos años, sin duda habría realizado la revolución que no pudo llevar a cabo Juan XXIII con el Concilio Vaticano II. La Curia estaba a todas luces asustada.

“Al iniciar mis investigaciones me pareció que lo más probable es que había muerto asesinado; ahora ya no estoy tan seguro”, afirma el prestigioso historiador británico. Subraya que Juan Pablo, que murió mientras dormía a los 67 años, gozaba de una salud excelente, certificada unas semanas antes, y que no se hizo ningún examen post morten o una autopsia. “El Vaticano es un Estado independiente”, sin un cuerpo de policía propio; la policía italiana solo puede entrar si es invitada a hacerlo, pero no lo fue”, advierte.

Del Sumo Pontífice de la Iglesia católica se dice que es Vicario de Cristo, Sucesor de Pedro y Santo Padre, todo en mayúscula. También recibe tratamiento de Su Santidad y es Jefe de Estado de una llamada Santa Sede. El inquisidor Roberto Belarmino (1542-1621), el primer cardenal jesuita y verdugo de Giordano Bruno y de Galileo, en su famoso catecismo contestaba la pregunta “¿Quién es cristiano?” de este modo: “Es cristiano el que obedece al Papa”. Un Dios, un Cristo, un Pontífice investido por el extravagante dogma de la infalibilidad.

Cabría suponer que semejante papolatría habría elevado a los altares, proclamados santos, a todos los papas de la historia. Nada más lejos de la realidad. Solo 56 han sido canonizados por sus sucesores, la inmensa mayoría como mártires durante alguna de las persecuciones que los cristianos sufrieron en los primeros siglos. Más tarde, la santidad oficial de ‘Sus Santidades’ brilló por la ausencia. Por ejemplo, entre san Pío V, papa de 1566 a 1572, y san Pío X, que lo fue entre 1903 a 1914, hubo 342 años de sequía. En cambio, este siglo XXI empieza con dos papas santos y varios en camino. Son san Juan Pablo II y san Juan XXIII, canonizados por Francisco la primavera de 2014. Al primero, que suprimió la figura del Abogado del Diablo para facilitar los procesos, lo hizo beato su íntimo amigo y sucesor Benedicto XVI.

“Si prosigue la moda actual de canonizar a todos los papas, la santidad, por principio, se convertirá en una burla”, sentencia Norwich. Historiador de raza a la mejor manera de los de Oxford, este segundo vizconde de Norwich (nacido el 15 de septiembre de 1929), escribió antes, entre sus muchos libros, las historias de Venecia y del Imperio bizantino, y conoció personalmente a varios papas del siglo pasado. Esta vez podía haber escrito, reconoce, “unas memorias”, tal ha sido el conocimiento directo del papado en el último siglo. Lo que publica, en cambio, es una gran saga, muchas veces divertida, vista desde fuera, en el mejor estilo irónico del gran Edward Gibbon en sus relatos escabrosos sobre la decadencia del Imperio romano.

Norwich subraya la historia de papas de enorme talla, como los únicos dos reconocidos como Magnos: León I el Magno, que libró a Roma del asalto de Atila; o de Gregorio Magno, el que más hizo por consolidar el poder temporal del pontificado, al que accedió después de haber sido gobernador civil de Roma. Pero también se detiene en pontífices de presidio: papas que abusaban de las doncellas de palacio, papas con hijos de varias mujeres, papas criminales. Pese a que no descubre nada que no se supiera, su historia resulta un delicioso, irónico y a veces divertido bocado sobre “la imponente, asombrosa y tantas veces escabrosa, terrible, escandalosa y hasta criminal monarquía absoluta más antigua del mundo”. No exagera con estos calificativos (usa otros aún más rotundos), ni para alabar a tantos papas buenos, ni para execrar a tantos papas malos.

Los Papas. Una historia contiene un capítulo titulado Los monstruos. “A pesar de todo, la Iglesia Católica romana florece como quizás nunca antes lo había hecho. Si San Pedro pudiera verla ahora, seguramente estaría orgulloso”, resume, asombrado por cómo el mensaje del judío Jesús, el fundador cristiano, que entró en Jerusalén a lomos de un borrico y fue crucificado junto a dos ladrones, ha podido sobrevivir a una historia tantas veces extravagante, y que sea venerado y conocido en todo el mundo. Más imponente resulta que gran parte de la Humanidad cuente los años y los siglos, y desarrolle los calendarios, a partir de la fecha del nacimiento del revoltoso nazareno, pese a que ni se conoce esa fecha exacta (pero sí que no fue la que se ha dicho), ni siquiera el lugar de su nacimiento.

Los Papas no eran nadie durante siglos. Ni siquiera se llamaban así hasta que el obispo Siricio asumió ese nombre como título de honor, a finales del siglo IV. En realidad, Papa, derivado del griego, significaba entonces bien poca cosa: “Pequeño padre”. Hasta Siricio, que reinó en Roma entre 384 y 399, se llamaba ‘pequeños padres’ a los miembros de edad de las comunidades cristianas, perseguidas o desprestigiadas hasta que el emperador Constantino proclamó el año 313 que el cristianismo era la religión oficial del Imperio romano. Sesenta años más tarde, Teodosio prohibía al resto de los cultos. “Una Iglesia perseguida se había convertido en una Iglesia perseguidora”, concluye John Julius Norwich.

Pomposidad perdida

Monarcas autocráticos, los Papas practicaron hasta muy recientemente la doctrina de Gregorio VII en Dictatus Papae, de 1075: solo el romano pontífice puede usar insignias imperiales, “únicamente del Papa besan los pies todos los príncipes”, solo a él le compete deponer emperadores, sus sentencias no deben ser reformadas por nadie mientras él puede reformar las de todos.

El último en creérselo fue el aristocrático Pío XII, pontífice entre 1939 y 1958. Los funcionarios debían arrodillarse cuando el Papa empezaba a hablar, dirigirse hacia él arrodillados y salir de la habitación caminando hacia atrás. El pontificado llevaba medio siglo sin poder temporal, al menos teórico, como supuso Stalin cuando en la Conferencia de Yalta, en 1945 se sorprende cuando Winston Churchill le sugiere la posible participación del Papa en las conversaciones de paz. “¿Cuántas divisiones tiene ese papa?”, zanjó el dictador soviético. Pero ningún monarca estaba rodeado de tanto ceremonial.

Norwich ilustra cómo esa pomposidad desmesurada ha llegado hasta nuestros tiempos. Por ejemplo, sobre León XIII, papa entre 1878 a 1903, cuenta que todos sus visitantes debían permanecer arrodillados durante toda la audiencia y que los miembros de su séquito estaban obligados a estar de pie en su presencia. “Se dice que durante los veinticinco años de su Pontificado ni una sola vez le dirigió la palabra a su chófer”.

Juan G. BEDOYA

Publicado en el Diario “El Pais”. Madrid, 13 de Febr 2018.

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Un Dios cada vez más pequeño

Un Dios cada vez más pequeño

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Fallecimiento de la madre de Juan Antonio Perea

En el día de ayer ha fallecido, a la edad de 92 años, la madre de nuestro querido compañero Juan Antonio Perea Artacho de Antequera. Nuestro más sincero pésame a Juan Antonio y familia por tan sensible pérdida.

D.E.P.

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Así funciona el cerebro de un codicioso

Lo que más caracteriza al codicioso es un interés propio, un egoísmo que nunca se consigue satisfacer. Se ha dicho que la codicia es como el agua salada, pues cuanto más se bebe más sed da.

Al conocer la noticia de que el rico empresario catalán Félix María Millet i Tusell cobró a sus consuegros la mitad de los gastos de la boda de su hija cuando en realidad el que pagaba el total de lo gastado (81.156 euros) era la Fundación Orfeó Català i Palau de la Música de Barcelona, del que el propio Millet es director y fundador, no resistí la tentación de considerar que la codicia es una enfermedad mental, o sea, una enfermedad del cerebro. ¿Cómo si no?, alcancé a preguntarme. No resulta fácil entender el sentimiento que alberga la codicia, meterse en la piel del codicioso. ¿Por qué gente que ya es muy rica quiere o ha querido más y más? ¿Por qué siguen acumulando riqueza si ya tienen de sobra todo lo que necesitan para vivir bien? ¿Acaso están enfermos?

El origen etimológico de codicia es cuspiditas, un vocablo latino. Se ha definido como un afán excesivo de riquezas, como un deseo voraz y vehemente de algunas cosas buenas, no solo de dinero o riquezas. Lo que más caracteriza al codicioso es un interés propio, un egoísmo que nunca se consigue satisfacer. Se ha dicho que la codicia es como el agua salada, pues cuanto más se bebe más sed da. Para el codicioso suficiente nunca es suficiente. Codicia y avaricia no son la misma cosa. Mientras que la avaricia es el afán de poseer riquezas u otros bienes con la intención de atesorarlos para uno mismo mucho más allá de lo requerido para satisfacer las necesidades básicas y el bienestar personal, la codicia se limita a un afán excesivo de riquezas sin necesidad de querer atesorarlas. El avaro acumula, es tacaño, gasta lo menos posible y casi nunca comparte. El codicioso puede disfrutar de su riqueza, se la gasta y puede incluso compartirla. Hágase pues, si le place, amigo de un codicioso, pero nunca de un avaro. El jugar a la lotería, el apostar en un casino o el invertir en bolsa, incluso cuando se trate de pequeños ahorradores, tampoco deja de ser un comportamiento que, aparte de adictivo, alberga un plus de codicia, pues no suele hacerse por necesidad.

Un estudio de la universidad de Gante en Bélgica ha puesto de manifiesto que la codicia ocurre más a menudo en hombres que en mujeres, en el mundo financiero o en posiciones de gestión y, generalmente, en personas no muy religiosas. Ninguna razón biológica que conozcamos nos permite afirmar que las mujeres son menos codiciosas que los hombres, pero el que la mayoría de los imputados y condenados por corrupción en muchos países sean hombres pudiera darlo a entender. La explicación a esa diferencia es cultural, pues en la mayoría de países son los hombres los que suelen asumir el liderazgo en los negocios o los cargos políticos o administrativos susceptibles de generar corrupción.

Las consecuencias de la codicia

La codicia, al estar en el origen del colonialismo y la esclavitud ha sido uno de los peores males que ha padecido la humanidad. Además de relacionarse con comportamientos inmorales, es causa de guerras, de corrupción, traiciones y delitos, estafas, robos, asesinatos y mentiras. El codicioso casi siempre se beneficia a costa del resto de la población. La codicia se ha relacionado especialmente con las deudas financieras, pues la impaciencia por conseguir beneficios hace que muchos banqueros sean negligentes y arriesgados y la falta de contención en la inversión puede haber originado burbujas económicas como la que dio lugar a la Gran Depresión de 1929 en los Estados Unidos. Burbujas que ocurren cuando los precios suben por encima del valor real de las cosas y cuando la codicia hace que se promuevan actividades especulativas relacionadas con el desarrollo de nuevas tecnologías, como la burbuja.com, generada por la introducción de Internet.

La codicia estuvo detrás del uso de las conocidas tarjetas Black y de abusos como el de los directivos de la entidad financiera Cataluña Caixa, que autorizaron incrementos salariares para sus ejecutivos cuando la entidad ya había reclamado ayudas extraordinarias al Estado por la situación de bancarrota en que se encontraba. Parecida es también la codicia de accionistas y empresarios que no reparan en mantener factorías o industrias que deterioran el medio ambiente con sus vertidos y la generación de residuos tóxicos. Y no es sólo cosa de tiempos modernos, pues como explica el historiador Juan Eslava Galán, el Duque de Lerma, valido del rey Felipe III trasladó la corte de Madrid a Valladolid muy posiblemente con la intención de dar un pelotazo inmobiliario, pues había comprado allí previamente terrenos y casas a un precio inferior al que luego vendió a los funcionarios y cortesanos que se vieron obligados a trasladarse a la nueva capital. A los seis años la corte volvió a Madrid. El suelo, más que la propia edificación, ha sido y es muchas veces objeto de la codicia humana.

Pero sería injusto no mencionar que la codicia también ha sido considerada e incluso jaleada como motor de crecimiento y desarrollo, pues puede promover la economía al motivar a la gente para crear nuevos productos y desarrollar nuevas industrias, lo que a su vez genera riqueza, empleo y bienestar. Los codiciosos, por tanto, no parecen engañarse siempre a sí mismos cuando ven su codicia como algo bueno. Otra cosa son las consecuencias colaterales, pues los codiciosos son muchas veces detestados en su entorno y socialmente rechazados. A la larga pueden salir perdiendo, aunque en su eventual crítica el ciudadano medio suele apelar con disgusto al beneficio todavía retenido o al ya disfrutado por los codiciosos (¡Que le quiten lo bailado!) cuando son legalmente castigados por haber cometido infracciones o ilegalidades. Lo que la gente quiere es que el que ha robado devuelva el dinero.

El cerebro del codicioso

Algunos experimentos de la neurociencia han mostrado que cuanto más codiciosa es una persona menos capacidad tiene la corteza prefrontal de su cerebro, que es la implicada en el razonamiento, para disminuir la gratificación de ganar más dinero inhibiendo la actividad de las neuronas del estriado ventral, implicado en esa gratificación. El cerebro del codicioso podría funcionar entonces de manera diferente al de las personas que no lo son. Otros estudios han sugerido que, como los codiciosos tienden además a apostar alto para maximizar sus ganancias, podrían padecer una perturbación mental que anula su capacidad para percibir el riesgo o para ver las necesidades de los demás. El investigador norteamericano Mark Goldstein y otros colegas han sugerido que la codicia, la impulsividad y la pérdida de visión de futuro que originaron la crisis financiera que, parecida a la de 1929, tuvo lugar en los Estados Unidos entre 2007 y 2010, bien reflejada en la excelente película Margin call, podrían haber sido causadas, al menos en parte, por los bajos niveles de colesterol cerebral de muchos trabajadores del mundo financiero norteamericano, consumidores habituales de estatinas, unos fármacos que disminuyen los niveles de colesterol en sangre. La razón es que el colesterol es necesario para regular la serotonina cerebral, una sustancia que estabiliza las funciones mentales.

La inercia a acumular recursos contrarresta el sentimiento de incertidumbre sobre lo que le puede pasar a uno en el futuro, por lo que la codicia pudo haber evolucionado en nuestros antepasados ancestrales como una forma de adaptación cuando el entorno es pobre en recursos. Si uno tiene mucho se preocupa menos por el futuro que si tiene poco. Un sentimiento, en definitiva, de hormiga más que de cigarra. Ese planteamiento hace que algunos científicos crean que los diferentes grados de codicia de las personas podrían derivar por ello de las diferentes percepciones y expectativas de la gente sobre las inseguridades del porvenir. Eso explicaría también, por qué en entornos inciertos como el de la economía algunas personas parecen más deseosas que otras de comportarse adquisitivamente, de invertir. El peligro está sobre todo en la gente corriente, particularmente en las clases medias, que pueden ser víctimas de la codicia arriesgándose a invertir sus trabajados y limitados ahorros en juegos, loterías o activos financieros, por querer multiplicarlos con rapidez y con mucho menos esfuerzo del que les costó conseguirlos.

La denuncia pública de los codiciosos, sobre todo cuando su comportamiento alcanza la ilegalidad, es uno de los mejores remedios, pues la vergüenza puede ayudar a que al menos la gente sensata se contenga. Como en tantos otros casos, el gran remedio es lento, pues está en la Educación. Un buen sistema educativo debería tener previsto el enseñar a los más jóvenes las consecuencias de la codicia, mostrándoles cómo ha servido para corroer y dinamitar a individuos, empresas y sociedades, y contraponiéndola siempre a los mejores valores de la ciudadanía y de una sociedad justa y solidaria.

Ignacio Morgado Bernal es director del Instituto de Neurociencias de la Universidad Autónoma de Barcelona, autor de “Emociones Corrosivas: Cómo afrontar la envidia, la codicia, la culpabilidad y la vergüenza, el odio y la vanidad” (Barcelona, Ariel, 2017)

Publicado en “El País”, 17/Enero/2018

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Fallecimientos de Fray Miguel de Cantillana y José Sánchez Pires

El pasado día 29 de Diciembre moría el hermano capuchino FRAY MIGUEL DE CANTILLANA en la residencia Fray Leopoldo de Granada. Tras una vida religiosa de más de 50 años, su actividad principal consistió en atender la cocina en varias comunidades. a veces con muy pocos medios materiales pero con mucho esfuerzo y entrega. Era muy amante de la Divina Pastora, devoción que arraigó desde  niño en su pueblo natal de Cantillana y que siempre mantuvo su durante su vida capuchina. Es recordado con cariño por todos los que le conocimos.

Descanse en la Paz del Señor.

 

También me es muy doloroso comunicar que, en la madrugada del día 2 de Enero de este año nuevo, falleció en Sevilla nuestro hermano y compañero seráfico JOSE SANCHEZ PIRES,  a los 74 años de edad.  Nuestro querido “Pires” ingresó en Antequera en 1955 y perteneció a mi mismo curso durante 4 años, hasta 1959. Tras su salida siguió muy unido a los capuchinos de Sevilla, siendo hermano mayor de la hermandad pastoreña de Cantillana y de la Cofradía de la Divina Pastora de Sevilla. Asisitió a bastantes de nuestros Encuentros anuales, el último fué en Antequera en 2016, en unión de una de sus hijas.

Descanse en la Paz del Señor y en el recuerdo de todos.

Alfonso Jiménez

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Beato Diego José de Cádiz.- 5 de Enero

Nació en Cádiz (España) el 30 de marzo de 1743. De joven entró en la Orden Capuchina y, terminados los estudios, recibió la ordenación sacerdotal en 1766. El decenio siguiente lo dedicó a la predicación por toda Andalucía, y luego extendió su campo de apostolado a toda España y Portugal. Fue un predicador asombroso, incansable misionero popular, que reunía a multitudes de toda clase y condición para escucharle. Sus dotes oratorias iban acompañadas de singulares gracias del cielo, y su lenguaje era llano y directo. Combatió los peligros que traía consigo la “Ilustración”, lo que le ocasionó enemistades y persecución. Fue hombre de oración y penitente, muy devoto de la Virgen, la “Divina Pastora”. Se le consideraba apóstol de la misericordia. Escribió numerosas obras. Murió en Ronda (Málaga) el 24 de marzo de 1801. La Familia franciscana celebra su memoria el 5 de enero.

Oración: Oh Dios, que has concedido al beato Diego José la sabiduría de los santos, y le has encomendado la salvación de su pueblo; concédenos, por su intercesión, discernir lo que es bueno y justo, y anunciar a todos los hombres la riqueza insondable que es Cristo. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

(Directorio Franciscano. Año Cristiano Franciscano)

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La Sagrada Familia: Jesús, María y José.

Se celebra el Domingo que cae dentro de la octava de Navidad o, en su defecto, el 30 de diciembre.

Fiesta en que celebramos el núcleo familiar en el que «Jesús crecía en sabiduría, edad y gracia ante Dios y antes los hombres». Su finalidad es promover y afianzar el desarrollo de la familia desde sus raíces humanas y cristianas con el ejemplo e intercesión de la Familia de Nazaret. «Nazaret -decía Pablo VI- es la escuela donde se comienza a entender la vida de Jesús: la escuela del Evangelio … Una lección de silencio ante todo … Una lección de vida familiar. Que Nazaret nos enseñe lo que es la familia, su comunión de amor, su austera y sencilla belleza, su carácter sagrado e inviolable … Una lección de trabajo. ¡Nazaret, oh casa del “Hijo del Carpintero”!».

El Catecismo comenta: En nuestros días las familias creyentes tienen una importancia primordial en cuanto faros de una fe viva e irradiadora. Por eso el Vaticano II llama a la familia “Iglesia doméstica”. En el seno de la familia, los padres han de ser para sus hijos los primeros anunciadores de la fe con su palabra y su ejemplo. El hogar es la primera escuela de vida cristiana y “escuela del más rico humanismo”. Aquí se aprende la paciencia y el gozo del trabajo, el amor fraterno, el perdón generoso, incluso reiterado, y sobre todo el culto divino por medio de la oración y la ofrenda de su vida.

Oración:Dios, Padre nuestro, que has propuesto a la Sagrada Familia como maravilloso ejemplo a los ojos de tu pueblo, concédenos, te rogamos, que, imitando sus virtudes domésticas y su unión en el amor, lleguemos a gozar de los premios eternos en el hogar del cielo. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

(Directorio Franciscano. Año Cristiano Franciscano)

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Natividad del Señor

«A Cristo, que por nosotros ha nacido, venid, adorémosle».

El Evangelio según san Lucas nos cuenta así lo sucedido: «En aquellos días salió un decreto del emperador Augusto, ordenando hacer un censo del mundo entero, y todos iban a inscribirse, cada cual a su ciudad. También José, que era de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret en Galilea a la ciudad de David, que se llama Belén, para inscribirse con su esposa María, que estaba encinta. Y mientras estaban allí le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada. En aquella región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño. Y un ángel del Señor se les presentó y les dijo: “No temáis, os traigo la buena noticia, la gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”. De pronto apareció una legión del ejército celestial que alababa a Dios diciendo: “Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que Dios ama”. Cuando los ángeles los dejaron, los pastores fueron corriendo a Belén y encontraron a María y a José y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, les contaron lo que les habían dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que decían los pastores. Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón».

Oración A los que celebramos con alegría cristiana el nacimiento de tu Hijo, concédenos, Señor, penetrar con fe profunda en este misterio y amarlo cada vez con amor más entrañable. Te lo pedimos, Padre, por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

(Directorio Franciscano. Año Cristiano Franciscano)

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Feria Privilegiada de Adviento.

En 1223, al acercarse la Navidad, san Francisco llamó a un amigo suyo y le dijo: «Si quieres que celebremos en Greccio esta fiesta de Navidad, ve y prepara lo que te voy a indicar. Deseo celebrar la memoria del Niño que nació en Belén y quiero contemplar de alguna manera con mis ojos lo que sufrió en su invalidez de niño, cómo fue reclinado en el pesebre y cómo fue colocado sobre heno entre el buey y el asno». Aquel hombre corrió presto y preparó cuanto el Santo le había indicado. Llegado el día, se citó a hermanos de muchos lugares; hombres y mujeres de la comarca prepararon cirios y teas para iluminar aquella noche. Llegó Francisco, se preparó el pesebre, se trajo el heno y se colocaron el buey y el asno, y Greccio se convirtió en una nueva Belén. Se celebra el rito solemne de la misa sobre el pesebre. Francisco viste los ornamentos de diácono y canta el santo evangelio. Luego predica al pueblo que asiste, y tanto al hablar del nacimiento del Rey pobre como de la pequeña ciudad de Belén dice palabras que vierten miel. Un varón virtuoso tuvo una admirable visión. Había un niño que, exánime, estaba recostado en el pesebre; se acerca el santo de Dios y lo despierta como de un sopor de sueño. Y no carece esta visión de sentido, puesto que el niño Jesús, sepultado en el olvido en muchos corazones, resucitó por medio de su siervo Francisco. Terminada la solemne vigilia, todos retornaron a su casa colmados de alegría.

Oración: Dios todopoderoso y eterno, al acercarnos a las fiestas de Navidad, te pedimos que tu Hijo, que se encarnó en las entrañas de la Virgen María y quiso vivir entre nosotros, nos haga partícipes de la abundancia de su misericordia. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

(Directorio Franciscano. Año Cristiano Franciscano)

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Feria Privilegiada de Adviento

La piedad popular, a causa de su comprensión intuitiva del misterio cristiano, puede contribuir eficazmente a salvaguardar algunos de los valores del Adviento, amenazados por la costumbre de convertir la preparación a la Navidad en una «operación comercial», llena de propuestas vacías, procedentes de una sociedad consumista. La piedad popular percibe que no se puede celebrar el Nacimiento de Señor si no es en un clima de sobriedad y de sencillez alegre, y con una actitud de solidaridad para con los pobres y marginados. La espera del nacimiento del Salvador la hace sensible al valor de la vida y al deber de respetarla y protegerla desde su concepción. Intuye también que no se puede celebrar con coherencia el nacimiento de quien «salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,21) sin un esfuerzo para eliminar de sí el mal del pecado, viviendo en la vigilante espera del que volverá al final de los tiempos (Directorio sobre la piedad popular, 105).

Durante el tiempo de Adviento, la Liturgia celebra con frecuencia y de modo ejemplar a la Virgen María: recuerda algunas mujeres de la Antigua Alianza, que eran figura y profecía de su misión; exalta la actitud de fe y de humildad con que María de Nazaret se adhirió, total e inmediatamente, al proyecto salvífico de Dios; subraya su presencia en los acontecimientos de gracia que precedieron al nacimiento del Salvador. También la piedad popular dedica, en el tiempo de Adviento, una atención particular a Santa María; lo atestiguan de manera inequívoca diversos ejercicios de piedad, y sobre todo las novenas de la Inmaculada y de la Navidad. Sin embargo, la valoración del Adviento «como tiempo particularmente apto para el culto de la Madre del Señor» no quiere decir que este tiempo se deba presentar como un «mes de María». La Iglesia contempla todos los misterios marianos como referidos al misterio de nuestra salvación en Cristo (cf. Directorio sobre la piedad popular, 101).

La piedad popular es sensible al tiempo de Adviento, sobre todo en cuanto memoria de la preparación a la venida del Mesías. No se le escapa, es más, subraya llena de estupor, el acontecimiento extraordinario por el que el Dios de la gloria se ha hecho niño en el seno de una mujer virgen, pobre y humilde. Los fieles son especialmente sensibles a las dificultades que la Virgen María tuvo que afrontar durante su embarazo y se conmueven al pensar que en la posada no hubo un lugar para José ni para María, que estaba a punto de dar a luz al Niño. Con referencia al Adviento han surgido diversas expresiones de piedad popular. Como es sabido, a partir del siglo XIII se difundió la costumbre de preparar pequeños nacimientos en las habitaciones de las casas, sin duda por influencia del «nacimiento» celebrado en Greccio por san Francisco de Asís, el año 1223. La preparación de los mismos, en la cual participan especialmente los niños, se convierte en una ocasión para que los miembros de la familia entren en contacto con el misterio de la Navidad, y para que se recojan en un momento de oración o de lectura de las páginas bíblicas referidas al episodio del nacimiento de Jesús (Directorio sobre la piedad popular, 97 y 104).

San Francisco, nos dicen sus biógrafos, celebraba la fiesta de Navidad con mayor reverencia que cualquier otra fiesta del Señor, porque, si bien en las otras solemnidades el Señor ha obrado nuestra salvación, sin embargo, comenzamos a ser salvos desde el día en que Dios, hecho niño pequeñuelo, se crió a los pechos de madre humana. Por eso quería que en ese día todo cristiano se alegrase en el Señor y que, por amor de Aquel que se nos dio a sí mismo, todo hombre fuese alegremente dadivoso no sólo con los pobres, sino también con los animales y las aves: que los ricos dieran de comer en abundancia a los pobres y hambrientos, y que los bueyes y los asnos tuvieran más pienso y hierba de lo acostumbrado. «Si llegara a hablar con el emperador -decía-, le rogaría que dictase una disposición general por la que todos los pudientes estuvieran obligados a arrojar trigo y grano por los caminos, para que en tan gran solemnidad las avecillas tuvieran en abundancia». No recordaba sin lágrimas la penuria que rodeó aquel día a la Virgen pobrecilla.

– Oración: Señor Dios, que con la venida de tu Hijo has querido redimir al hombre sentenciado a muerte, concede a los que van a adorarlo, hecho niño en Belén, participar de los bienes de su redención. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

(Directorio Franciscano. Año Cristiano Franciscano)

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