Dedicación de la Basílica de San Francisco en Asís.

San Francisco quiso morir cerca de aquella Porciúncula de donde había tomado principio su vida religiosa. Pero a él, que había escogido la pobreza como camino hacia el amor y dejaba en herencia a sus hijos la pobreza para que la guardaran celosamente, sus hijos y el pueblo asisiense quisieron erigir, alentados por el mismo Papa, una basílica que fuera como un anticipo y un signo de la gloria celestial que le había otorgado Dios mismo. Y Fray Elías se encargó y quizás proyectó las tres iglesias superpuestas que todo el mundo visita admirado. En la oscuridad de la tierra está cavada la primera iglesia, que conserva el cuerpo del Pobrecillo; es la humildad de la vida de donde se eleva la primera gloria de la iglesia intermedia, con las espléndidas alegorías de las virtudes y encima, en una danza de luz, la iglesia superior. Los pintores entrelazan los dos temas: la pasión de Cristo y la historia de Francisco, subrayando la necesidad de imitar a Cristo para alcanzar el cielo.

El 25 de mayo de 1253 era solemnemente consagrada la basílica que Fray Elías había hecho erigir sobre el monte del Paraíso a Francisco de Asís. La había concebido como un sueño de glorificación sin par; tres iglesias superpuestas. Allá en la oscuridad de la tierra la tumba con el cuerpo del Santo. Sobre ésta la iglesia intermedia, invadida de una luz todavía débil donde fuera representada la vida del Santo, su ascenso según las alegorías de las virtudes y sobre todo según el tema dominante de su vida religiosa: Cristo Crucificado. La tercera iglesia está en plena luz del día, donde escenas bíblicas y episodios sobresalientes de la vida de Francisco, los más densos de humanidad y de transformación, se extienden paralelamente sobre las paredes. Era la exaltación de un Santo, de aquel “Santo único”, pero también el más alto grado de la fe renovada en aquel Dios hecho hombre al que Francisco tanto se había acercado.

San Francisco murió el año 1226. Dos años después, en 1228, el papa Gregorio IX lo canonizó en Asís y mandó que se levantara una suntuosa iglesia en las afueras de la ciudad para su sepultura. Él mismo puso la primera piedra y la distinguió con el título de «Cabeza y Madre» de la Orden de los Menores. Terminadas en lo fundamental las obras, el 25 de mayo de 1230 fue solemnemente trasladado el cuerpo de san Francisco desde la iglesia de San Jorge, donde había sido sepultado después de su muerte, a la nueva basílica. Más tarde, el 25 de mayo de 1253, Inocencio IV consagró personalmente y con gran solemnidad esta iglesia. Y Benedicto XIV la elevó a la dignidad de Basílica patriarcal y Capilla papal el 25 de marzo de 1754.

Oración: Señor, tú que edificas el templo de tu gloria con piedras vivas y elegidas, multiplica en tu Iglesia los dones del Espíritu Santo, a fin de que tu pueblo, por intercesión de nuestro Padre san Francisco, crezca siempre para edificación de la Jerusalén celeste. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

Santoral Franciscano.

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San Félix de Cantalicio

Nació en un pueblecito del centro de Italia, Cantalice (Rieti), el año 1515, de una familia modesta. Pronto se puso al servicio de una familia acomodada, primero como pastor y luego en faenas del campo. Ya maduro ingresó en los capuchinos, hizo el noviciado como hermano lego y profesó en 1545. Poco después lo destinaron a Roma, donde permaneció hasta su muerte, recorriendo de continuo sus calles como limosnero, lo que aprovechaba para consolar y aconsejar a las gentes, visitar a los enfermos, ayudar a los más pobres, explicar el catecismo a los niños y enseñarles a cantar las alabanzas de Dios. Profesaba una particular devoción a la Virgen. Fue un fraile de talante místico y asidua oración. Brilló por su candor y sencillez evangélica, su buen humor y su cercanía a toda persona. Estuvo adornado de carismas celestiales. Trabó una gran amistad con san Felipe Neri y san Carlos Borromeo. Murió en Roma el 18 de mayo de 1587.

Oración: Oh Dios, que diste a tu Iglesia y a la Orden franciscana un ejemplo vivo de candor y sencillez evangélica en san Félix de Cantalicio, concédenos, te rogamos, seguir sus huellas para buscar y amar intensamente a Cristo. Que vive y reina contigo por los siglos de los siglos. Amén.

Santoral Franciscano.

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Fallecimiento del P. Carlos de Sevilla

Os comunico la triste noticia del fallecimiento del P.Carlos de Sevilla (Luis Mena Clemente), que ingresó en Antequera en 1.948 y, tras pasar por Sanlúcar y Sevilla, fué ordenado sacerdote en 1960. Destinado a estudiar Teología a la Cartuja de Granada, al finalizar fué enviado a Moguer en donde fue profesor de Literatura de los estudiantes de filosofía durante 1963-64. Posteriormente pasó a Sevilla como vicedirector del teologado durante 1964-65. De allí pasó a la República Dominicana, a misionar y dar clase, pero posteriormente se incardinó como sacerdote al clero de Puerto Rico, en donde pasó muchos años hasta que se incorporó a la diócesis de Sevilla como párroco. Asistió al Encuentro de Antiguos Alumnos celebrado en Sanlúcar de Bda. Más tarde se jubiló de su parroquia y su salud se ha ido debilitando hasta que hace unos días sufrió un derrame celebral que le ha ocasionado la muerte.

Nuestras más sentidas condolencias a su familia.

Descanse en Paz.

 

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La utopía como motor de la historia

Juan José Tamayo, en su ‘última lección’ en la Universidad Carlos III, recordó cómo Pablo de Tarso y Bloch pensaban que lo mejor de las religiones es que producen disensiones y herejes.

“Buena parte de mi trabajo intelectual, de mis publicaciones y de mis sueños despiertos han girado en un juego dialéctico entre la utopía y la distopía. Días enteros y muchas noches en vigilia he dedicado a intentar hacerlas realidad a través de la praxis histórica emancipatoria”, escribe el teólogo Juan José Tamayo Acosta en ¿Ha muerto la utopía? ¿Triunfan las distopías?. Así ha titulado su última lección como profesor de la Universidad Carlos III, en Getafe (Madrid), publicada en forma de libro con 140 páginas. Un resumen lo leyó anoche en la facultad de Humanidades, Comunicación y Documentación, en la que en los últimos 19 años ha dirigido la Cátedra de Teología y Ciencias de la Religión Ignacio Ellacuría por un empeño personal de su primer rector, Gregorio Peces Barba.

Tamayo Acosta (Amusco. Palencia. 1946) recuerda que este mes se cumplen cincuenta años de su actividad docente, desde que comenzó en 1968 en la Escuela de Artes y Oficios de Palencia, hasta la protocolaria Ultima lectio (Ultima lección) de ayer en la Carlos III. Por el camino, deja medio centenar de libros fundamentales para entender el pensamiento religioso contemporáneo (más otras 25 publicaciones colectivas promovidas por él mismo: “Tengo más libros que años”, ironiza), muchos de ellos traducidos al italiano, portugués, francés, inglés, árabe, polaco y alemán, además de incontables artículos de investigación en revistas de filosofía, teología y ciencias sociales. También impulsó con lo más granado de la teología española la Asociación de Teólogos y Teólogas Juan XXIII, de la que es secretario general, y enseña como profesor invitado en las mejores universidades de Europa, América Latina, Estados Unidos y África. Es, sin duda, un teólogo famoso, como sus editores constatan cada año por las ventas de sus libros en varios países.

La tesis de Tamayo es que la utopía constituye el motor de la historia. “Sin ella la humanidad se hubiera detenido en un pasado a-histórico y la vida de los seres humanos sería un viaje a ninguna parte sin norte. Sin utopía en el horizonte se impone la barbarie. El adagio popular ‘la esperanza es lo último que se pierde’ convive con la afirmación de Dante a la entrada del infierno: ‘dejad a la puerta toda esperanza’. Si el adagio primero genera unas ganas de vivir irreprimibles, la afirmación de Dante puede desembocar en resignación insuperable o en desesperación. El inconformismo cohabita con el conformismo en el ser humano”.

Cuando comenzó a escribir esta lección jubilar, en realidad un mero ritual académico pues continua como profesor emérito, a Tamayo le vino a la memoria un texto escrito por un autor hebreo entre los siglos IV y III antes de la era común y recogido en la Biblia judía con el título Palabras de Qohélet, hijo de David, rey de Jerusalén (en la biblia cristiana, el Eclesiastés). En realidad, Qohélet no es un nombre propio, sino el que habla en la asamblea, el Predicador. Se abre con la famosa proclamación: “Vanidad de vanidades, y todo vanidad” (en griego “Mataiotes mataiotetos, kai panta mataiotes”), y transmite el pesimismo que más tarde predica el cristianismo romano al definir el mundo como un valle de lágrimas.

Esto afirma Tamayo: “El libro transmite una filosofía pesimista, subraya la negatividad de la historia, rechaza el presente y llama la atención sobre la vacuidad del bienestar. Es una de las primeras obras que cultiva la distopía como género literario y como actitud ante la vida, para quien la fe-confianza en Dios todopoderoso constituye una alternativa imposible”.

En el mayo francés de 1968, los manifestantes gritaban “Sed realistas. Pedid lo imposible”. Eran rebeldes sin causa y con ella, a la manera de las grandes utopías tejidas mediante una literatura que tiene títulos inmortales, como la República de Platón; Utopía de Tomás Moro, creador del neologismo; la Era del Espíritu de Joaquín de Fiore; la Ciudad del Sol, de Tomasso Campanella, o la Nueva Atlántida de Francis Bacon. Son los libros que han iluminado a Tamayo, y también las utopías del Buen Vivir de las comunidades aymaras, quechuas y qichwas, o Tierra sin Mal, de los guaraníes.

Pero la utopía vive hoy horas bajas. Sostiene Tamayo: “No parece que sean estos tiempos propicios para la utopía. Quizá ningún otro tiempo lo haya sido, como tampoco lo serán los tiempos venideros. Es posible sea ese su estado propio: no el buen lugar, sino el no-lugar, al que hace referencia el neologismo creado por Tomás Moro: u-topía (no-lugar), el tener que nadar contracorriente y ascender cuesta arriba con el viento de cara. Así lo tradujo Francisco de Quevedo en el prólogo a la primera edición castellana en 1637: no ai tal lugar”.

¿Optimista o pesimista? ¿Utópico o distópico? Es la pregunta que suelen hacerle a Tamayo al final de sus clases, cursos y conferencias sobre la utopía. Ha decidido definirse como un pesimista esperanzado. “La realidad no da para ser optimista. Estamos sometidos a una serie de sistemas de dominación en racimo que se apoyan y legitiman, cuyo objetivo último es robarnos la esperanza, robársela a las personas y colectivos empobrecidos, que es, posiblemente, uno de los mayores latrocinios que está cometiendo el neoliberalismo. Pero al mismo tiempo soy esperanzado, porque ese pesimismo no me lleva a cruzarme de brazos, sino que me induce a actuar, y la acción es ya de por sí una respuesta al pesimismo ambiente. Coincido con Antoni Gramsci cuando habla del pesimismo de la razón y del optimismo de la voluntad, y con José Carlos Mariátegui, que se refiere al pesimismo de la realidad y el optimismo de la acción.”

Calificar hoy a una persona de utópica no es, precisamente, un halago, y menos aún el reconocimiento de un valor o de una cualidad encomiable. “Muy al contrario: es una descalificación en toda regla. Es como llamarla ingenua, no tener sentido de la realidad, vivir colgada de las nubes sin hacer pie en la realidad, ser una ilusa, y otras lindezas similares. Las personas y los proyectos utópicos, así como los movimientos sociales críticos con la globalización neoliberal, las organizaciones alterglobalizadoras que luchan por otro mundo posible, sufren hoy un clamoroso e inmerecido destierro, similar al de los poetas en la República de Platón, que eran expulsados de la ciudad ideal porque eran meros imitadores y no alcanzaban la verdad”.

Tamayo quiere vivir utópicamente, “sin renunciar a los sueños, sobre todo a los sueños despiertos”. Pese a su fama y prestigio entre los pensadores de todas las religiones, ha sufrido no pocos disgustos a lo largo de su vida académica. Su primer libro, Iglesia popular. Por una Iglesia del pueblo, fue secuestrado en 1976 por orden del Tribunal de Orden Público (TOP). La Conferencia Episcopal Española, entonces un poder fáctico, lo consideraba insultante pese a no contar más que verdades como puños; y en 2002, la Pontificia Congregación para la Doctrina de la Fe, que es como se llama ahora el siniestro Santo Oficio de la Inquisición, y su equivalente en la Conferencia Episcopal Española, condenaron sin contemplaciones su libro Dios y Jesús. El horizonte religioso de Jesús de Nazaret.

Desde entonces es oficialmente un hereje, según los obispos, y uno de los teólogos más famosos, según los cristianos de bases. Pese a su disgusto, pues sigue considerándose un teólogo católico, creyente y practicante, se toma con ironía la situación. Dice: “Dos pensadores de orientación religiosa tan divergente como Pablo de Tarso y Ernst Bloch convienen en la necesidad de la herejía. Interpreto que es la herejía de la esperanza. Pablo de Tarso afirmaba: “oportet haereses ese”, que suele traducirse como “conviene que haya disensiones” para que resplandezca la verdad; y Ernst Bloch escribe en el frontiscipio de su libro El ateísmo en el cristianismo: “Lo mejor de las religiones es que produce herejes”. Efectivamente, así ha sido históricamente: la heterodoxia religiosa en el terreno doctrinal ha dado lugar a las grandes revoluciones”.

Juan G. Bedoya

Publicado en el diario “El País”, el 25 de abril de 2018

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San Fidel de Sigmaringa: 24 de Abril

Nació en Sigmaringa (Suabia, Alemania) el año 1578, en tiempos agitados por la Reforma protestante. Fue un joven de vida intachable, que estudió filosofía y derecho en Friburgo de Brisgovia con excelentes resultados. Ejerció luego la abogacía con tal amor a la justicia y a los más indefensos, que le dieron el sobrenombre de «abogado de los pobres». En 1612 recibió la ordenación sacerdotal y poco después ingresó en los capuchinos. Fue un predicador incansable entre los católicos y los hermanos separados en los diversos cantones de Suiza y Suabia. Por su gran actividad misionera, la Congregación de la Propagación de la Fe, recién creada, le encargó fortalecer la fe católica en Suiza. Los herejes se conjuraron para acabar con su vida y lo asesinaron el 24 de abril de 1622 en Seewis (Suiza), donde lo habían invitado a predicar. Lo canonizó Benedicto XIV en 1746.

Oración: Señor Dios, que te has dignado conceder la palma del martirio a san Fidel de Sigmaringa cuando, abrasado en tu amor, se entregaba a la propagación de la fe, concédenos, te rogamos, que arraigados, como él, en el amor, lleguemos a conocer el poder de la resurrección de Jesucristo. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

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San Conrado de Parzham: 21 de abril

Nació en Parzham (Baviera, Alemania) el año 1818, en el seno de una familia labradora acomodada y piadosa. Fallecidos los padres, su numerosa prole siguió trabajando el campo y llevando una vida intensamente religiosa. Conrado, después de una juventud ejemplar, a los 33 años repartió sus bienes a los pobres y a la parroquia e ingresó en la Orden capuchina, en la que hizo su profesión como hermano lego el año 1852. Luego, durante más de cuarenta años ejerció el oficio de portero en el convento de Altötting (Baviera), célebre santuario mariano, donde murió el 21 de abril de 1894. En su humilde oficio ejerció un gran apostolado, supo armonizar laboriosidad y vida de oración, ayudó, edificó y confortó a cuantos se acercaban a la portería, en los que alimentaba el amor a Dios y la devoción a la Eucaristía y a la Virgen que él les profesaba desde niño.

Oración: Dios de bondad, que abriste las puertas de tu misericordia a los necesitados por medio de san Conrado, te rogamos nos concedas imitarle en el servicio a nuestros hermanos los hombres, y seguir el ejemplo de su sencillez. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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Ante la indiferencia religiosa de los jóvenes

Los obispos, “perplejos” ante la indiferencia religiosa de los jóvenes

El cardenal Blázquez califica la escasez de vocaciones de “penuria seria e indigencia básica”


Los obispos iniciaron en la mañana de este lunes su asamblea de primavera encerrados en sí mismos, sin referencia alguna a las vicisitudes en que está sumida la sociedad española. Es lo que se deduce del discurso inaugural de su presidente, el cardenal arzobispo de Valladolid, Ricardo Blázquez, centrado en los problemas internos, fundamentalmente en la escasez de vocaciones sacerdotales y en el “enfriamiento” de la fe entre los jóvenes. ¿La Iglesia es para ellos indiferente e irrelevante?”, se ha preguntado el líder episcopal. En 2017 se ordenaron 109 sacerdotes en los seminarios españoles, frente a los varios miles que lo hacían hace décadas. Es “el invierno eclesial” al que se refería el cardenal Antonio María Rouco hace un lustro. Blázquez habla ahora de “penuria seria”, incluso de “indigencia básica”. Añade: “Si hace varios decenios la abundancia era extraordinaria, actualmente la escasez es también extraordinaria. Aquella abundancia impulsó a la construcción de muchos seminarios, que poco tiempo más tarde no fueron necesarios”.

Es el tema principal de una semana que los prelados españoles, en activo y eméritos, dedican a analizar sus problemas de apostolado, que su líder califica como “fuente de inquietudes y sufrimiento”. En primer lugar, alude al “ambiente”, que Blázquez califica como “debilidad de fondo”. Frente a la abundancia del pasado, la penuria actual se prolonga más allá de lo que los obispos suponían hace años. La plenaria se produce una semana después de que el Tribunal Constitucional haya avalado la ley educativa del Gobierno de Mariano Rajoy, que facilita a los prelados, con dinero público (en torno a 700 millones cada año), todo tipo de privilegios para enseñar catolicismo en las escuelas, con una asignatura llamada de “Religión y Moral cristiana” que cuenta para la nota media y para obtener becas.

La crisis eclesiástica, muy profunda, se refleja en la propia cúpula eclesiástica. La Iglesia romana tiene en España 10 cardenales, 17 arzobispos, 74 obispos diocesanos y 17 prelados auxiliares, de los que 35 tienen más de 80 años y los que siguen en activo superan una media de edad de 65. “Las consecuencias de esta carestía larga y dura, es decir, el descenso del número de presbíteros y su media de edad cada vez más alta, nos puede acechar la tentación de cubrir la falta de vocaciones con soluciones improvisadas y atajos arriesgados”, advierte Blázquez. Se refiere a la tentación de relajar “el marco de preparación para el ministerio, en ocasiones insatisfactorio”. El número de seminaristas es muy reducido, descendiente cada año, pero también escasean los profesores dedicados a su formación.

La Conferencia Episcopal lleva tiempo intentado descubrir las causas y las circunstancias de la crisis de vocaciones. Los obispos están perplejos, en palabras de Blázquez. “En un tiempo pensamos que la crisis de seminarios podía proceder de la crisis de sacerdotes, ya que nos vimos inmersos en perplejidades sobre el sentido del ministerio que condujeron junto con otras causas a numerosas secularizaciones”. Pendiente de las reflexiones que realicen los obispos esta larga semana de reuniones y debates, hasta concluir el próximo viernes, Blázquez fue muy duro con la tarea episcopal. “Quizá más que crisis de vocaciones podría tratarse de una crisis de convocantes”, sentenció.

La asamblea plenaria elegirá a los prelados que van a participar en el Sínodo de los Obispos sobre los jóvenes convocado por el papa Francisco para el próximo otoño. Blázquez dedicó buena parte de su discurso al tema, interrogándose por los motivos de la indiferencia religiosa entre la juventud. “¿Qué buscan los jóvenes? ¿Por qué, sin motivo personal conocido, se distancian de la participación en la vida de la Iglesia y se colocan silenciosamente como al margen, de ordinario sin agresividad? ¿La Iglesia es para ellos indiferente e irrelevante? ¿Están convencidos de que poco o nada pueden esperar de ella? ¿Son los jóvenes como un sismógrafo que detecta los movimientos subterráneos de la historia?”

Fueron algunas de sus preguntas. El Vaticano tiene en su poder el resumen de las respuestas ofrecidas en una encuesta realizada en el orbe católico, también en España. El documento final, elaborado por 300 jóvenes reunidos en Roma del 19 al 25 de marzo, será una de las bases de debate en la Asamblea del Sínodo de los Obispos de octubre. Por España participaron los jóvenes Javier Medina (Valencia) y Cristina Cons (Santiago de Compostela).

Juan G. Bedoya

Publicado en “El Pais”, 16 de abril de 2018.

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Aprobación de la Primera Regla Franciscana

En 1209, san Francisco hizo escribir la “forma de vida” o regla que el Señor le había inspirado y que se componía sobre todo de breves fragmentos evangélicos. En la primavera de aquel mismo año, el Santo y sus once primeros compañeros se trasladaron a Roma y obtuvieron del papa Inocencio III que se la aprobara verbalmente, con lo que nacía en la Iglesia un nuevo género de vida, una nueva Orden. San Francisco, en su Testamento, relata así el acontecimiento:

«Y después que el Señor me dio hermanos, nadie me ensañaba qué debería hacer, sino que el Altísimo mismo me reveló que debería vivir según la forma del santo Evangelio. Y yo hice que se escribiera en pocas palabras y sencillamente, y el señor Papa me lo confirmó».

Recordando ese hecho trascendental, la familia de san Francisco renueva el 16 de abril su profesión en la vida franciscana.

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Ratzinger y Küng: el dogma y la duda

Uno subraya la divinidad de Jesucristo; el otro, su humanidad. Colegas primero y rivales después, el Papa emérito y el teólogo crítico son la cara y la cruz del catolicismo actual.

Joseph Ratzinger- Benedicto XVI (1927) y Hans Küng (1928) son dos teólogos que fueron colegas en la Universidad de Tubinga, se distanciaron y siguieron caminos diferentes en la Iglesia católica. Ratzinger fue nombrado arzobispo de Múnich y cardenal por Pablo VI en 1977, presidente de la Congregación para la Doctrina de la Fe (CDF) por Juan Pablo II en 1981 y “elegido” papa en 2005. Hans Küng viene cultivando la teología ininterrumpidamente desde hace más de seis décadas, se le prohibió enseñar teología católica por su crítica al dogma de la infalibilidad en 1979 y ha elaborado un nuevo paradigma teológico: la teología de las religiones. Recientemente se han publicado dos libros en los que ambos exponen sus posiciones, con frecuencia en las antípodas: Últimas conversaciones con Peter Seewald, de Benedicto XVI, y Siete papas. Experiencia personal y balance de la época, de Hans Küng.

En el libro de Benedicto XVI, fruto de una conversación con el periodista alemán Peter Seewald, se aprecia cierta complicidad entre el entrevistador y el entrevistado para eximir al Papa emérito de toda responsabilidad en las actuaciones más cuestionadas durante el cuarto de siglo que estuvo al frente de la CDF y los ocho años de pontificado, que contó con dos momentos de gran impacto: la denuncia de la suciedad en la Iglesia en el viacrucis de la Semana Santa de marzo de 2005 y su renuncia, que dio lugar a una nueva primavera en la Iglesia católica con la elección de Francisco.

Ratzinger ofrece una imagen de Jesús fuertemente divinizada, basada en los dogmas y al servicio del actual modelo romano de Iglesia, Küng pone el acento en el Jesús histórico y en el conflicto con las autoridades religiosas de su tiempo, que motivaron su crucifixión

Uno de los temas de mayor interés es el que se refiere a la relación de Benedicto XVI con Juan Pablo II y con los colegas teólogos, y a la valoración de los mismos en función de las afinidades o divergencias ideológicas. Muestra admiración por su predecesor y sintonía con su proyecto eclesial neoconservador, pero se distancia de él por la actitud del Papa polaco favorable al diálogo interreligioso y, de manera especial, con motivo de los encuentros de oración de Asís, al diálogo con líderes de las diferentes tradiciones religiosas. El desacuerdo en este tema se manifestó con la publicación de la declaración Dominus Iesus de la CDF, que implícitamente defendía el axioma excluyente —“Fuera de la Iglesia no hay salvación”— y rompía los puentes de diálogo ecuménico, interreligioso e intercultural.

Benedicto XVI expresa su aprecio intelectual por el teólogo Henri de Lubac y su estrecha vinculación con Urs von Balthasar, de quien se considera “alma gemela”. Tras abandonar la revista Concilium, de tendencia conciliar, creó con ellos la neoconservadora Communio. Además, el Papa emérito recela de su compatriota Karl Rahner, sin duda el teólogo católico más importante del siglo XX, de quien en su biografía, Mi vida, Ratzinger dice, rayando en la injuria, que “se había dejado dominar cada vez más por la conjura de las retóricas progresistas políticas de tipo aventurero”. Con todo, el teólogo que sale peor parado es Hans Küng, quien, siendo decano en la Universidad de Tubinga, propuso a Ratzinger como profesor de Dogmática e Historia de los Dogmas. Benedicto XVI niega que su colega hiciera aportaciones teológicas significativas al Concilio Vaticano II y le acusa de haber dejado de moverse en el marco de la catolicidad.

Meses después de Últimas con­ver­sa­ciones apareció en castellano el libro de Hans Küng Siete papas. Experiencia personal y balance de la época, en el que con gran maestría literaria ofrece sugerentes retratos de los papas que ha conocido: Pío XII, Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo I, Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco, con sus lados oscuros o grises y sus logros. Y lo hace como buen conocedor del catolicismo de ayer y de hoy, actor importante de la reforma conciliar, teólogo crítico del papado y testigo comprometido con su tiempo. Küng expresa su disconformidad con Roma y no cede un ápice en la defensa de la libertad dentro de la Iglesia católica. Sus retratos no son, por tanto, los de un cortesano del Vaticano o un hagiógrafo papal.

Uno de los capítulos del libro está dedicado, precisamente, al pontificado de Benedicto XVI, cuya elección y no pocas de sus actuaciones —como el discurso de Ratisbona contra el islam, el alejamiento del concilio, el nombramiento de obispos hostiles al concilio, su corresponsabilidad en los abusos sexuales…— le produjeron “una inmensa decepción”. Valora positivamente la “inesperada y valiente renuncia del Papa”, si bien le parece inquietante el nombramiento, poco antes de su jubilación, “del reaccionario obispo de Ratisbona y editor del legado teológico Gerhard Ludwig Müller como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe”, para dejarlo todo atado y bien atado en materia de ortodoxia. En los primeros años de pontificado de Francisco, el hoy cardenal Müller fue uno de sus más severos críticos y opuso resistencia a cada una de las reformas que planteaba Bergoglio. Su destitución se la ganó a pulso.

El pontificado de Benedicto XVI contó con dos momentos de gran impacto: la denuncia de la suciedad en la Iglesia en el viacrucis de la Semana Santa de marzo de 2005 y su renuncia

Küng considera “un acontecimiento sensacional” su encuentro con Benedicto XVI  en Castel Gandolfo. Pero constata, a su vez, la profunda diferencia entre sus aproximaciones a la figura de Jesús de Nazaret. Ratzinger ofrece una imagen de Jesús “desde arriba”, fuertemente divinizada, basada en los dogmas cristológicos de los primeros concilios y en la teología de Agustín y Buenaventura, y al servicio, al menos indirectamente, del actual modelo romano de iglesia y del papa como “vicario de Cristo”. Küng pone el acento en el Jesús histórico, en sus actitudes y en el conflicto con las autoridades religiosas y políticas de su tiempo, que motivaron su crucifixión. Para él, la base del cristianismo no está en los dogmas, sino en el mensaje, la práctica y el proyecto de Jesús.

Últimas conversaciones con Peter Seewald. Benedicto XVI. Traducción de José Manuel Lozano-Gotor. Editorial Mensajero. 310 páginas. 19,90 euros.

Siete papas. Experiencia personal y balance de la época. Hans Küng. Traducción de José Manuel Lozano-Gotor y Daniel Romero Álvarez. Ediciones Trotta. 304 páginas. 21 euros.

Juan José Tamayo

31 de Marzo 2018. Publicado en el diario “El Pais”.

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La Anunciación del Señor

Fiesta conjunta de Cristo y de la Virgen: la Encarnación del Hijo del eterno Padre en el seno de la Virgen por obra del Espíritu Santo. El Verbo se hace hijo de María y ésta se convierte en Madre de Dios. San Lucas refiere que el ángel Gabriel, enviado por Dios a la Virgen María, se le presentó en Nazaret y le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Ella se conturbó, pero al ángel añadió: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir y a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús, que será llamado Hijo del Altísimo». María aclaró que no conocía varón, y el ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios». Entonces María dijo: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». San Juan cierra así la escena: «Y la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros».

Oración: Señor, tú has querido que la Palabra se encarnase en el seno de la Virgen María; concédenos, en tu bondad, que cuantos confesamos a nuestro Redentor, como Dios y como hombre verdadero, lleguemos a hacernos semejantes a él en su naturaleza divina. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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