Fallece Fray Antonio Ruiz Castroviejo

Antonio Ruiz de Castroviejo Alba ingresó en el Convento de Antequera en las Navidades del año 1966, y académicamente fué matriculado en el curso 3° de Bachillerato, siendo Guardián del Convento el Padre Faustino de Sanlúcar.

Dado lo avanzado del curso, el Padre Faustino requirió de algunos seráficos atendieran de cerca a nuestro nuevo alumno Antonio para ayudarle en su adaptación al Seminario, porque podía estar, como se decía “muy desanimado”.

Y damos fé de las cualidades religiosas y humanas de aquel muchacho, tan implicado en sus valores cristianos, dando siempre muestras de una enorme generosidad y una gran empatía con sus compañeros. Mostraba siempre una gran alegría y una sensibilidad no propias de un muchacho tan joven. Tenía 14 ó 15 años, pero en humanidad y sensibilidad destacaba, sobre todo por la sencillez e inocencia con que actuaba. Llevaba siempre, en aquel invierno, una bufanda de punto negra, que le había hecho su madre, y con la que envolvía su cara con su mano sobre la boca. Recuerdo que transcurridos varios días, y al ser preguntado por ese misterio de su mano en la bufanda cubriéndose su boca, nos enseñó que en aquella mano sostenía sigilosamente una fotografía de sus padres y hermanos, a los que besaba continuamente, y a los que llamaba mis padres de la Tierra, haciendo mucho hincapié en que su gran devoción eran sus padres del Cielo, Cristo y la Virgen María.

 

Antonio admiraba desde el principio el trabajo y la oración de los frailes legos del Convento, con los que se relacionaba como uno más de la Congregación. Cada vez que podía, él y algunos compañeros más auxiliaban a Fray Casimiro en sus labores en la Huerta del Convento, recolectando verduras, cuidando de las gallinas,…y de igual forma se ofrecía como voluntario en la Cocina y Refectorio para pelar patatas o preparar ensaladas; recogía los desperdicios y se los daba de comer a un par de cerdos que tenía el Convento. Siempre se ofrecía para hacer de acólito o monaguillo a los Padres que decían la Misa en el Convento: padre Rafael, Marcelo, Agustín,…a los que auxiliaba por su avanzada edad y por su religiosidad. «Con lo que padeció Jesucristo con aquellos latigazos y la corona de espinas, decía, y nosotros, de qué padecemos». Eso lo decía muchas veces, reivindicando el trabajo, el dolor, el sacrificio.

La mayor parte de su fé la descargaba en su profunda devoción por San Francisco y su Pobreza, y por la Virgen María y su Amor, que por entonces empezó a profesar por la Divina Pastora – Nuestra Madre – , decía a menudo, y por la que se desvivía. Era un habitual de la Capilla a la hora del recreo, en donde se cobijaba a la hora del Ángelus. Quería parecerse a San Francisco, sobre todo en su pobreza y en el amor por los animales. Muchas veces renunciaba a su pan para dárselo en trocitos a los gorriones en la azotea, mientras estos lo rodeaban en esos instantes.

Recuerdo que estando en el Campamento de Cortes de la Frontera, a donde íbamos cada Agosto, en aquel mes del año 1968, estando el pueblo en sus fiestas, una tarde fuimos al pueblo, siempre andando en dos hileras de alumnos cantando canciones populares. Al llegar al pueblo se dirigió directamente a la Iglesia, en el momento en que el párroco daba un sermón en la homilía. Tras terminar la misa, se fue a la Sacristía y le dijo al Sr. Cura que él quería dar un sermón. Naturalmente el Cura, ante aquel muchacho de tan corta edad, quedó impresionado, sobre todo cuando lo escuchó de hablar sobre la Virgen. El párroco lo emplazó para el día siguiente a la hora de la Misa, para que tras el Evangelio diera aquel Sermón con la alegría y el fervor del que hizo gala ante el Sr. Cura. Y allí, en aquel presbiterio al pie del atril, nuestro amigo Antonio, disertó sobre la Virgen, su maternidad, su amor, su bondad, su mediación y su grandiosidad. Mientras Antonio hablaba, muchos feligreses lo escuchaban emocionados y rompiendo en llanto por la emotividad de sus palabras, saliendo de un chiquillo de 15 años. El Cura lo felicitó y quedó estupefacto.

Al año siguiente, cuando estaba próximo a concluir su curso 4°, nuestro amigo Antonio, totalmente enamorado de la vida religiosa del Seminario, se dirigió al Padre Faustino con su decisión de permanecer para siempre en el Seminario como un fraile más. Se despojó de sus pocas pertenencias, un bolígrafo de lujo que le regalaron sus padres, un reloj, y toda su ropa, y se enfundó el hábito capuchino. El Padre Faustino le propuso que terminase su bachillerato y marchase al Noviciado de Sanlúcar de Barrameda. Pero Antonio quería profesar ya su labor de fraile, rezar, trabajar en la huerta, en la cocina, y dedicarse a las labores hombro con hombro con Fray Casimiro, Fray Rafael, …y entregar su vida por San Francisco y la Divina Pastora. Eso fué en verano de 1969. Permaneció un tiempo en el Convento de Antequera, y luego partíó a Sanlúcar de Barrameda, donde muchos dejamos de verlo.

Muchos de los que convivimos con él de cerca nos quedamos con esa impronta, un muchacho feliz, inocente, alegre, dispuesto a entregarse a los demás, generoso, simpático, amante de Dios, del mundo, de los animales, de las flores,…y en fin, un Hombre Bueno.

Y hoy, hoy lo tendrá que aguantar Dios cuando entre por las puertas del Cielo, y le hable a Dios de sus florecillas y le hable de todo aquello que hacía por los demás con la naturalidad y simpleza con que siempre actuaba por nada a cambio. Hoy nos despedimos de nuestro amigo con un “hasta luego” en la seguridad de que goza en la presencia del Padre Eterno bajo la Luz de su Rostro.

Descansa en Paz, amigo Antonio.

José María Sarmiento Montalbo. (Antiguo alumno seráfico capuchino)

22 de Julio de 2026

 

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