Cada día brota una historia: «Bendita guerra»

En el año 2009, en el Día de la declaración universal de los derechos humanos, el presidente Barack Obama recibió el Premio Nobel de la Paz.

En su discurso de agradecimiento, al presidente no se le ocurrió nada mejor que rendir homenaje a la gue­rra: la guerra justa y necesaria contra el Mal.

Cuatro siglos y medio antes, cuando el Premio Nobel no existía y el Mal no residía en las tierras que conte­nían petróleo sino en las que prometían oro y plata, el jurista español Juan Ginés de Sepúlveda también había defendido la guerra justa y necesaria contra el Mal.

En aquella época, Ginés explicó que la guerra contra los indios de las Américas era necesaria, siendo por natu­raleza siervos los hombres bárbaros, incultos e inhumanos, y la guerra era justa porque es justo, por derecho natural, que el cuerpo obedezca al alma, el apetito a la razón, los brutos al hombre, la mujer al marido, lo imperfecto a lo perfecto y lo peor a lo mejor, para bien de todos.

(Eduardo Galeano, “Los hijos de los días”, pag. 388.  Ed. Siglo XXI de España Editores, S.A. 2012)

 

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Cada día brota una historia: «El hombre que enseñaba aprendiendo»

En el año 2009, el gobierno de Brasil pidió disculpas a Paulo Freiré. El no pudo agradecer el gesto, porque llevaba doce años de muerto.

Paulo había sido el profeta de una educación soli­daria.

En sus comienzos, daba clases bajo un árbol. Había alfabetizado a miles y miles de obreros del azúcar, en Pernambuco, para que fueran capaces de leer el mun­do y ayudaran a cambiarlo.

La dictadura militar lo metió preso, lo echó del país y le prohibió el regreso.

En el exilio, Paulo anduvo mucho mundo. Cuanto más enseñaba, más aprendía.

Hoy, trescientas cuarenta escuelas brasileñas llevan su nombre.

 

(Eduardo Galeano, “Los hijos de los días”, pag. 374. Ed. Siglo XXI de España Editores, S.A. 2012)

 

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Cada día brota una historia: «Aquí no ha pasado nada»

Ocurrió en Chernobyl, Ucrania, en 1986.

Fue la más grave catástrofe nuclear hasta entonces padecida en el mundo entero, pero los pájaros que hu­yeron y los gusanos que se hundieron bajo tierra fue­ron los únicos que informaron de la tragedia desde el primer instante.

El gobierno soviético dictó orden de silencio.

La lluvia radiactiva invadió buena parte de Europa y el gobierno seguía negando o callando.

Un cuarto de siglo después, en Fukushima, estalla­ron varios reactores nucleares y el gobierno japonés también calló o negó las versiones alarmistas.

Razón tenía el veterano periodista inglés Claude Cockburn cuando aconsejaba:

—No creas nada hasta que sea oficialmente desmentido.

 

(Eduardo Galeano, “Los hijos de los días”, pag. 140. Ed. Siglo XXI de España Editores, S.A.. 2012)

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Cada día brota una historia: «Ojo con él»

El 18 de abril de 1955 murió Albert Einstein.

Hasta este día, y durante veintidós años, el FBI, Fede­ral Bureau of Investigations, intervino su teléfono, leyó sus cartas y revisó sus tachos de basura.

Einstein fue espiado porque era espía. Espía de Moscú: eso decía su frondosa ficha policial. Y también decía que él había inventado un rayo exterminador y un robot capaz de leer la mente humana. Y decía que Einstein fue miembro, colaborador afiliado de treinta y cua­tro frentes comunistas entre 1937 y 1954, dirigió honoraria­mente tres organizaciones comunistas, y no parece posible que un hombre con estos antecedentes pueda convertirse en un leal ciudadano americano.

Ni la muerte lo salvó. Siguió siendo espiado. Ya no por el FBI, sino por sus colegas, los hombres de ciencia, que cortaron su cerebro en doscientos cuarenta trocitos y los analizaron en busca de la explicación de su genio.

No encontraron nada.

Ya Einstein había advertido:

—Lo único que yo tengo de anormal es mi curiosidad.

 

(Eduardo Galeano, “Los hijos de los días”, pag. 132. Ed. Siglo XXI de España Editores, S. A. 2012)

 

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Cada día brota una historia: «La fabricación de enfermedades»

¿Buena salud? ¿Mala salud? Todo depende del punto de vista. Desde el punto de vista de la gran industria farmacéutica, la mala salud es muy saludable.

La timidez, pongamos por caso, podía resultar sim­pática, y quizás atractiva, hasta que se convirtió en enfermedad. En el año 1980, la American Psychiatric Association decidió que la timidez es una enfermedad psiquiátrica y la incluyó en su Manual de Alteraciones Mentales, que periódicamente ponen al día los sacerdo­tes de la Ciencia.

Como toda enfermedad, la timidez necesita medica­mentos. Desde que se conoció la noticia, los grandes laboratorios han ganado fortunas vendiendo esperan­zas de curación a los pacientes apestados por esta fobia social, alergia a la gente, dolencia médica severa.

(Eduardo Galeano, “Los hijos de los días”, pag. 124.  Ed. Siglo XXI de España Editores, S.A.. 2012)

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Cada día brota una historia: «Sólo de él»

Cuando Miguel Ángel se enteró de la muerte de Francesco, que era su ayudante y mucho más, rompió a martillazos el mármol que estaba esculpiendo.

Poco después, escribió que esa muerte ha sido gracia de Dios, pero para mí ha sido grave daño e infinito dolor. La gracia está en el hecho de que Francesco, quien en vida me mantenía vivo, muriendo me ha enseñado a morir sin pena. Pero yo lo he tenido durante veintiséis años… Ahora no me queda otra cosa que una infinita miseria. La mayor parte de mí se ha ido con él.

Miguel Ángel yace en Florencia, en la iglesia de la Santa Croce.

Él y su inseparable Francesco solían sentarse en la escalinata de esa iglesia, para disfrutar los duelos que en la vasta plaza libraban, a patadas y pelotazos, los ju­gadores de lo que ahora llamamos fútbol.

 

(Eduardo Galeano, “Los hijos de los días”, pag. 66. Ed. Siglo XXI de España Editores, S.A.. 2012)

 

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Cada día brota una historia: «La urgencia de llegar»

Una mañana de enero del año 2007, un violinista ofreció un concierto en una estación de metro de la ciudad de Washington.

Apoyado contra la pared, junto a un tacho de basura, el músico, que más parecía un muchacho de barrio, tocó obras de Schubert y otros clásicos, durante tres cuartos de hora.

Mil cien personas pasaron sin detener su apurado camino. Siete se detuvieron durante algo más que un instante. Nadie aplaudió. Hubo niños que quisieron quedarse, pero fueron arrastrados por sus madres.

Nadie sabía que él era Joshua Bell, uno de los virtuo­sos más cotizados y admirados del mundo.

El diario The Washington Post había organizado este concierto. Fue su manera de preguntar: —¿Tiene usted tiempo para la belleza?

 

(Eduardo Galeano, “Los hijos de los días”,  pág. 26. Ed. Siglo XXI de España Editores, S.A. 2012)

 

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Cada día brota una historia: «Otros niños robados»

—El marxismo es la máxima forma de la patología mental—había sentenciado el coronel Antonio Vallejo Nájera, psiquiatra supremo en la España del generalísi­mo Francisco Franco.

Él había estudiado, en las cárceles, a las madres re­publicanas, y había comprobado que tenían instintos criminales.

Para defender la pureza de la raza ibérica, amena­zada por la degeneración marxista y la criminalidad materna, miles de niños recién nacidos o de muy corta edad, hijos de padres republicanos, fueron secuestra­dos y arrojados a los brazos de las familias devotas de la cruz y de la espada.

¿Quiénes fueron esos niños? ¿Quiénes son, tantos años después?

No se sabe.

La dictadura franquista inventó documentos falsos, que les borraron las huellas, y dictó orden de olvidar: robó los niños y robó la memoria.

(Eduardo Galeano, “Los hijos de los días”, pag. 63. Ed. Siglo XXI de España Editores, S.A. 2012)

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Cada día brota una historia: «Elogio de la brevedad»

En un día de enero de 1776, se publicó, en Filadelfia, la primera edi­ción de Sentido común Thomas Paine, el autor, sostenía que la independen­cia era un asunto de sentido común contra la humilla­ción colonial y la ridícula monarquía hereditaria, que tanto podía coronar a un león como a un burro.

Este libro de cuarenta y ocho páginas se difundió más que el agua y el aire, y fue uno de los papas de la independencia de los Estados Unidos.

En 1848, Karl Marx y Friedrich Engels escribieron las veintitrés páginas del Manifiesto comunista, que em­pezaba advirtiendo: Un fantasma recorre Europa… Y ésta resultó ser la obra que más influyó sobre las revolucio­nes del siglo veinte.

Y veintiséis páginas sumaba la exhortación a la indig­nación que Stéphane Hessel difundió en el año 2011. Esas pocas palabras ayudaron a desatar terremotos de protesta en varias ciudades. Miles de indignados inva­dieron las calles y las plazas, durante muchos días y no­ches, contra la dictadura universal de los banqueros y los guerreros.

 

 

 

(Eduardo Galeano, “Los hijos de los días”, Pag. 23.  Ed. Siglo XXI de España Editores, S.A. 2012)

 

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Cada día brota una historia: «Las pinturas negras»

En 1828, Francisco de Goya murió en el destierro.

Acosado por la Inquisición, se había marchado a Francia.

En su agonía, Goya evocó, entre algunas palabras in­comprensibles, su querida casa de las afueras de Ma­drid, a orillas del río Manzanares. Allí había quedado lo mejor de él, lo más suyo, pintado en las paredes.

Después de su muerte, esa casa fue vendida y reven­dida, con pinturas y todo, hasta que por fin las obras, desprendidas de los muros, pasaron al lienzo. En vano fueron ofrecidas en la Exposición Internacional de Pa­rís. Nadie se interesó en ver, y mucho menos en com­prar, esas feroces profecías del siglo siguiente, donde el dolor mataba al color y sin pudor el horror se mostraba en carne viva. Tampoco el Museo del Prado quiso com­prarlas, hasta que a principios de 1882, entraron allí por donación.

Las llamadas pinturas negras ocupan, ahora, una de las salas más visitadas del museo.

—Las pinto para mí—había dicho Goya.

Él no sabía que las pintaba para nosotros.

 

 

(Eduardo Galeano, “Los hijos de los días”, pag. 129. Ed. Siglo XXI de España Editores, S.A. 2012)

 

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